La historia de mi cáncer (la experiencia desde mi diagnóstico de cáncer de mama)

la historia de mi cáncer de mama

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Cada post que escribo tiene al menos algo de personal. Unos más que otros. Pero este es 100% personal. No encontrarás información útil, solo un relato de un muy duro ´año en la vida´. No lo escribo para proporcionar consejos, ni buscando empatía. Simplemente decidí crear una nota en mi celular donde anotaba lo que podía, desde el momento en que me diagnosticaron cáncer de mama. No tenía ganas de escribir sobre viajes, mi cerebro simplemente no era capaz. Tampoco pensé que tendría nada que decir sobre el cáncer que no se pudiera encontrar en un libro. Así que hice microjournaling. Y esto no es más que una recopilación de esas notas y un recuento de mis recuerdos.

–Publicado en Mayo de 2024

Si estás buscando un buen recurso sobre cómo lidiar con un diagnóstico de cáncer de mama, puedo recomendarte (en inglés) Reconstruction de Rosamund Dean.

Vivirás hasta los 120 años

Hace más de una década, una de mis amigas más cercanas, Erika, fue diagnosticada con cáncer de mama. Teníamos poco más de 20 años y la noticia nos sacudió hasta la médula. Todo su tratamiento es está borroso en mi mente. Estoy segura de que fui con ella a sesiones de quimioterapia y a citas con el doctor, pero creo que el miedo a perderla se apoderó de mí y no me permitió almacenar nada de esa etapa. A pesar de que su cáncer regresó años después, ahora ella está perfecto.

Desde ese día siempre reviso mis mamas. O sea, cuáles son las posibilidades de que me pase a mí, ¿cierto?, pero por si acaso. Así que el día que encontré un bulto le recé al universo para que no fuera cáncer. No porque me enfrentaría a un nivel diferente de conciencia sobre mi propia mortalidad, o porque le tuviera temor al posible tratamiento. Esos eran pensamientos secundarios. Mi mayor miedo era decírselo a mis seres queridos. Porque sabía que estar en el lado receptor de tales noticias también es durísimo.

Tímidamente le mencioné el bulto a mi pareja, tan casualmente como pude, con la esperanza de que él no entrara en pánico también. Y así comenzó el camino de ser la que consuela a los que me rodean. ¿Mencioné que esto fue en medio de un viaje a los Alpes italianos, un 30 de diciembre? ¡Feliz Año Nuevo!

Supuse que no era nada. Incluso Google me dijo que lo más probable es que no fuera nada. Pero, a pesar de ser sana y joven, pedí hora con un médico. La primera cita disponible con un ginecólogo en Croacia, donde vivo, fue para el 2 de enero. A primera hora de la mañana un médico confundido me dijo que no podía decirme nada, que tenía que ver a un oncólogo. Dos días después, en un inglés muy entrecortado, mientras me hacía una ecografía, el oncólogo me dijo que el bulto parecía sospechoso. No sé si el problema fue la falta de un lenguaje fluido común, que nunca mencionó la palabra con “c”, o que simplemente yo no pude lidiar con lo que me estaba diciendo. Así que cuando salí de su oficina me quise asegurar de haber entendido: “pero no cree que sea cáncer, ¿verdad?”. “Oh, probablemente lo sea”, me dijo con indiferencia, “pero estamos en el siglo XXI y las personas con cáncer viven hasta los 120 años”.

Ninguna palabra salió de mi boca. Solo lágrimas de mis ojos. En el pasillo de la clínica. El médico cerró la puerta detrás de mí y la recepcionista me ofreció un pañuelito desechable. Esa fue la primera de las cuatro veces que he llorado a causa de mi cáncer. Sina, mi pareja, estaba esperando afuera, y la hinchazón de mis ojos fue suficiente para que él entendiera lo que acababa de suceder. Nos abrazamos y lloramos en silencio durante unos minutos hasta que el pragmatismo entró en acción. Confirmémoslo primero.

Teniendo en cuenta la urgencia de la situación, fui a un médico privado, pero si el oncólogo tenía razón con su estimación, era hora de empezar a lidiar con la burocracia del sistema de salud croata. Mi médico de cabecera me mandó a hacer una biopsia al hospital. El procedimiento fue un poco más invasivo de lo que imaginé, y los resultados estarían listos en dos semanas.

El tiempo de espera fue igualmente aterrador y bienvenido. Le recé a todos los dioses para que el bulto fuera benigno, y agradecí tener tiempo para digerir todo lo que estaba pasando. Si es cáncer, lo sobreviviré. Estoy segura de que seré más fuerte que él. El oncólogo ya me dijo que viviría hasta los 120 años. Me aseguré de obligarme a mí misma a creer que estaría bien. No había otra alternativa.

Split es una ciudad pequeña, así que, por supuesto, la experta de laboratorio que trabajó con mi muestra es amiga de unos amigos. Mis amigos Toni y Ksenija estuvieron constantemente en contacto con ella para enterarnos del resultado con antelación. Así que recibí el diagnóstico unos días antes de que se emitiera el informe oficial. Ksenija tuvo que llamarme para decirme que tenía cáncer. Le dije que sabía lo difícil que tenía que ser para ella hacer ese llamado, así que no necesitaba decir las palabras. “Estoy bien, lo sobreviviré”, le dije a ella –y a mí misma. Seguí repitiendo esas palabras en voz alta hasta que reuní el coraje para darle la terrible noticia a Sina.

Fue el día del funeral del papá de Toni. Después de años luchando contra el cáncer, finalmente estaba descansando. Me estaba poniendo un vestido negro cuando sonó mi teléfono. No sé cómo fue capaz de hacer esa llamada en un día como aquel. Cuando llegamos al cementerio, antes de que pudiera darle el pésame, Toni me dijo que no podía imaginar lo duro que había sido el día para mí. Casi me reí de la crueldad del universo. Los consideré amigos cercanos durante años, pero ese día se convirtieron en familia.

Tengo buenas y malas noticias…

Unos días después recibí una llamada del hospital: los resultados de mi biopsia estaban listos. A través de una ventana recibí un sobre con un informe que decía en mayúsculas y negritas: CARCINOMA INVASIVUM MAMMAE. No hubo médicos ni enfermeras involucrados. Me paré en un pasillo del hospital lleno de gente pensando que este era el momento en que debería haberme enterado de que tenía cáncer. Esa fue la segunda vez que lloré. Ya sabía lo que gritaba el informe. Pero me sentí increíblemente triste por todas las personas que no son tan afortunadas como para que un amigo les dé la noticia. No podía dejar de pensar en cuántas personas descubrirían que sus vidas están cambiando para siempre en un pasillo de hospital solitario y estéril. Todos aquellos que estaban viviendo uno de los momentos más duros de sus vidas sin nadie que les ofreciera ni un hombro, ni un pañuelo, ni una respuesta. Después de más de un año de visitas constantes al hospital, sé que todo el personal está sobrecargado de trabajo, pero sigo creyendo que debería haber un pequeño espacio donde un ser humano te dé los resultados, responda a preguntas básicas y te guíe sobre lo que está por venir. ¿Cómo es posible que el sistema le falle tanto a la gente en el que es uno de los peores días de sus vidas?

Logré salir del hospital, pero no pude controlar las lágrimas. Ni siquiera una fue por mi propio cáncer. Simplemente no podía entender cómo otros estaban manejando un diagnóstico aterrador sin el increíble sistema de apoyo que yo tenía. Me sentí abrumadoramente afortunada y agradecida, y la culpa comenzó a aparecer… Para mí la noticia vino de la dulce voz de mi amiga, quien me aseguró que ella y su pareja estarían ahí para mí durante todo el proceso. Que ya estaba llamando a todas personas que conocía que podían ayudar. Me dio el nombre del mejor oncólogo del país. Me dijeron que mi futuro cirujano estaba muy optimista después de ver los resultados de la biopsia. Y que un radioterapeuta anticipaba una recuperación completa. Ni siquiera podía digerir las palabras “tengo cáncer”, y mis amigos ya tenían a toda la comunidad médica respondiendo preguntas que yo ni siquiera sabía que tenía.

Una vez que recibí la confirmación, tuve que entrar en el abismo que es el sistema de salud pública. Me enviaron de una ventana a otra, hasta que me dijeron que “en aproximadamente una semana” me darían hora para ver a un oncólogo. Después de insistir cortésmente en que no vería a nadie más que al Dr. Strikić, me fui a casa llena de pánico. ¡Una semana entera! Todo lo que tenía era un pedazo de papel con un montón de datos ininteligibles. La espera me hizo muy consciente de lo ignorante que soy acerca del lenguaje médico. ¿Puede el tumor hacer metástasis en una semana? ¿Puedo dormir boca abajo o la presión hará que el tumor explote? ¿Puedo correr, o incluso caminar? En retrospectiva, estas preguntas son una locura, pero entonces no tenía ni idea. Solo miedos. Sin guía, los hámsteres en mi mente corrieron más rápido que el giro de su rueda.

Llamé a mi hermano. Él es diabetólogo, pero pensé que sabría más que yo. Llamé a Erika, mi amiga que tuvo cáncer. Y aunque fue genial obtener algunas respuestas, me abrumó muchísimo pensar que tendría contárselo a más personas. Mi mayor temor se estaba materializando. ¿Cómo podría hacer pasar a mis seres queridos por algo tan desgarrador como un diagnóstico de cáncer? ¿Cómo empiezo a dar la noticia, especialmente a los que viven al otro lado del mundo? ¿Cómo se lo digo a mi mamá sin darle un infarto?

Pensé que esperaría hasta tener más información. En una semana hablaría con un oncólogo, y tendría –con suerte– buenas noticias que dar, junto con las horribles.

Los rockstars de mi vida

Todo parece borroso mirando hacia atrás. Desde el momento en que sentí el bulto hasta que me senté a recibir mi primera ronda de quimioterapia, había pasado menos de un mes. Todo sucedió tan rápido que durante esas horas se me pasó por la cabeza por primera vez que ni siquiera había considerado si la quimioterapia era para mí. ¿Hay alguna otra opción? ¿Alguna medicina alternativa? Soy el tipo de persona que prefiere tener dolor de cabeza que tomar un analgésico, sin embargo, allí estaba, bombeando mi cuerpo con productos químicos aterradores. El hecho de que el líquido sea de color naranja fluorescente no ayuda. Hice una nota mental para buscar un par de libros e investigar si hay algún artículo científico con alguna alternativa comprobada a la quimioterapia.

No sabía que todo eso tendría que esperar. Me fui a casa sintiéndome muy bien. Fuimos al supermercado, preparé el almuerzo y me senté a ver televisión después de la comida. “Fueron solo un par de horas con una vía intravenosa, no hay nada aterrador en la quimioterapia”, me recordaba a mí misma cada vez que la palabra cáncer llenaba mis pensamientos. Hasta que me dieron náuseas. Había tomado una pastilla para evitar vomitar, así que tenía arcadas, pero –frustrantemente– no salía nada. Todo el cuerpo me comenzó a doler, luego se adormeció, y luego los calambres se apoderaron de mí. Mis piernas, mis brazos, mi estómago, mi cerebro… Estaba tapada con una manta, así que no me di cuenta de que mis dedos estaban completemante doblados debido a los calambres, al estilo de Stranger Things. “Llama al médico”, fue todo lo que alcancé a decirle a mi pareja en mi estado de pánico. Mientras me preguntaba qué decirle exactamente, me limité a repetir “mírame las manos, mírame las manos”. Los efectos secundarios de mi primera ronda de quimioterapia hicieron lo que el diagnóstico de cáncer no pudo: por primera vez consideré que podía morir.

From scary to plentiful, chemotherapy and immunotherapy
De aterradoras a abundantes, estas fueron las muchas botellas que me mantuvieron durante horas y horas en la sala de quimioterapia

A pesar de que me preparé mentalmente para esperar “alrededor de una semana”, solo 4 días después recibí una llamada del hospital, tenía una cita con el Dr. Strikić el próximo lunes. Entré en su oficina con una lista de preguntas y mucho estrés. Pero desde las primeras palabras que me dijo, me hizo sentir tranquila. Hablaba perfectamente inglés, ¡e incluso español! Se tomó el tiempo de responder pacientemente cada una de mis preguntas. Me explicó cómo sería el tratamiento. Me tranquilizó con claridad y honestidad: mi cáncer es agresivo, pero lo detectamos a tiempo, por lo que se espera una recuperación completa. Dijo que lo caracterizaría como ‘etapa 1’. Acordamos comenzar inmediatamente con quimioterapia, ese viernes. Y me dio su número de teléfono personal en caso de emergencia. ¡Un rockstar!

Así que no hubo sorpresa cuando levantó el teléfono y nos dijo con calma que todo estaría bien, pero que fuéramos al hospital de todos modos. Era viernes por la noche, lo estábamos llamando a su número personal y se estaba disculpando porque no estaba en la ciudad para atenderme personalmente. ¿Es real este médico? Cuando mi amiga me dijo que le habían recomendado preguntar por el Dr. Strikić, le dije que esperaba que cualquier oncólogo podría prescribir el tratamiento correcto, por lo que mi principal preocupación era que fuese un buen ser humano, alguien amable y empático. Yo diría que el universo realmente excedió mis expectativas. No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

Y ya que estoy haciendo reconocimientos, Sina, mi pareja, también se merece uno enorme. Estoy segura de que entró en pánico, desde el diagnóstico hasta mi imitación a Christie, pero siempre fue una roca, manteniéndose fuerte, sosteniéndonos a los dos. No creo que sea humanamente posible amarlo más.

La mayoría de las personas no tienen efectos secundarios tan severos como los míos, pero aun así fueron dentro de lo esperable. Unas horas más tarde estaba durmiendo en mi propia cama. Y eso fue todo lo que hice durante tres días seguidos. No podía comer, apenas podía tomar agua. Perdí unos 5 kilos. El martes logré ponerme de pie y bajar las escaleras con una lentitud insoportable. Haciendo pausas un par de veces en el camino. Poco a poco empecé a tener hambre. Pude digerir una papa cocida. Luego se me antojaron huevos revueltos (pensé que me permitiría engañar a mi veganismo porque realmente necesitaba comida). Luego logré comer un poco de las lentejas que me mandó mi suegra. No recuperé todas mis fuerzas en ningún momento durante las 15 rondas de quimioterapia, pero pensé que estar viva era suficiente.

Después de que mi oncólogo me asegurara que los efectos secundarios de las siguientes rondas no serían tan malos, alrededor de una semana desde la primera quimioterapia, me sentí lo suficientemente recuperada como para enfrentarme a contarle a mi gente. Fue psicológicamente más difícil consolar a mi familia y amigos cercanos que enfrentar la quimio. Todas las palabras de aliento bien intencionadas, las referencias a una batalla, las recomendaciones de tratamiento, los consejos para llevar el pelo y los cumplidos por mi fuerza fueron difíciles de manejar. Sé que escuchar “tengo noticias” debe haber sido duro. Siempre me aseguré de agregar inmediatamente un “no sonará muy bien, pero hay muchos aspectos positivos con los negativos”, sin embargo, me imagino lo difícil que fue digerirlo. Aun así, estuve en la horrible posición de tener que prestar un hombro cuando apenas podía mantenerme en pie. De alguna manera logré mantenerme positiva, y estoy segura que eso los ayudó a aceptar, o al menos a sobrellevar, la noticia.

Adiós al cabello

Hace mucho tiempo decidí que para mí la verdadera belleza es la belleza natural. Esto se tradujo en dejar de usar maquillaje y aceptar las canas que llegaban. Realmente creo que hay belleza en todas las etapas de la vida, y que en realidad envejecer es algo hermoso. Y nada pone en perspectiva cuánto privilegio hay en el envejecimiento como un diagnóstico que amenaza tu vida. Así que cuando me dijeron que iba a perder el pelo, pensé en aceptarlo y encontrar algo positivo en mi nuevo look.

Esperaba que mi aceptación me hiciera la vida más fácil. No tendría que preocuparme por pestañas postizas, cejas tatuadas, pelucas, pañuelos en la cabeza o maquillaje. Ni siquiera pregunté si un gorro frío para tratar de preservar mi cabello era una posibilidad en Croacia. En una conversación, mi oncólogo mencionó que el sistema de salud pública cubre una peluca si yo quería una. Pero no la quería. Antes de empezar a perder el pelo, me hice un bob muy corto y doné mi largo y hermoso cabello a una ONG que hace pelucas para niñas con cáncer. Cuando empezó a caer, me lo afeité. Y luego vi como los pequeños pelitos quedaban cada mañana en mi almohada. Hasta que quedé completamente calva.

De hecho, fue Sina, mi pareja, quien me afeitó la cabeza. A medida que pasaba la máquina, me reía de lo absurdo de la situación, lo amaba más que nunca por ser tan fuerte para mí, y lloraba afligida por todo lo que me estaban quitando. No importa cuánto crea realmente en encontrar belleza en lo que sea que la vida me depare, perder el pelo me dolió. Nunca me había dado cuenta cuánto de mi identidad auto percibida dependía de mi cabello, ni cuánta confianza me daba. Así que fue un proceso, mucho más largo de lo que pensé que sería, aceptar lo que veía cada vez que me enfrentaba a un espejo.

Aunque unos meses más tarde mi cabello comenzó a crecer de nuevo hasta convertirse en una linda y desordenada mopa, si soy honesta, anhelo mi cabello largo con más frecuencia de lo que me gustaría admitir. Definitivamente hay belleza en cada etapa de la vida, pero es difícil no tener control.

Mi tratamiento me está enfermando

Estaba más saludable que nunca, y luego llegó la quimioterapia. Es una contradicción. Un día soy una persona sana, incluso sabiendo que tengo un tumor, y al día siguiente me siento horrible porque el tratamiento me está enfermando.

Antes del diagnóstico corría 4 veces a la semana. Con cada entrenamiento era un poquito más rápida. Me sentía un poquito más cómoda. Veía cómo crecían los músculos de mis piernas. Me sentía más fuerte y en forma. Me inscribí en mi primera carrera de 5 km y poco a poco llegué a una media maratón. A pesar de que no sabía que estaba desarrollando un cáncer, el crecimiento del tumor no me detuvo. Pero una vez que lo encontré y comencé a tratarlo, mi vida dio un vuelco.

La vida está llena de contracciones, pero pasar de ser activa a sedentaria no era algo que esperaba. Sin embargo, allí estaba, luchando cada vez que intentaba dar un pequeño paseo. Es más, me sentía como si estuviera jugando al bingo de los efectos secundarios. Después de cada sesión de quimioterapia pasaba algo nuevo. Náuseas, fatiga, dolores de cabeza, dolores musculares y articulares, llagas en la boca, acidez estomacal, hemorragias nasales, hinchazón, bochornos, acné… si en realidad existiera un cartón de bingo, estoy segura de que habría ganado el premio más grande.

Es difícil asumir lo miserable que puede hacerte sentir el tratamiento, incluso si sabes que te hará más saludable a largo plazo. Solo logré aceptar la paradoja después de que terminé la quimioterapia y me hice una resonancia magnética. El tumor había desaparecido. Estaba calva y anémica, pero casi segura de que estaba libre de cáncer. Todavía faltaba mi mastectomía, pero esa paz mental momentánea me dio la fuerza suficiente para seguir aguantando.

Through rounds and rounds of chemotherapy and immunotherapy
A través de rondas y rondas de quimioterapia e inmunoterapia

Todas las emociones

Para la mayoría de las personas, una vez que el cáncer ha desaparecido, sienten que se les ha dado una segunda oportunidad en la vida. Una chance para empezar a vivir la vida al máximo, para centrarse en lo positivo, para buscar felicidad, para atesorar cada limitado momento. Lloran a la persona que eran y dan la bienvenida a su nuevo yo. Ven la vida a través de un mejor lente después de su “llamada de atención”. Yo nunca lo vi así. Estaba más feliz, más saludable y más positiva que nunca en mi vida antes de mi diagnóstico. Exprimía cada segundo, atesoraba cada experiencia. Así que sentí que durante el tiempo que duró el tratamiento mi vida quedaría en suspenso. Habría una pausa por un tiempo, y simplemente continuaría viviendo en el momento en que la pesadilla terminara.

Los primeros meses son una nebulosa. Entre el shock, el “quimiocerebro” y la fatiga constante, estaba en modo de supervivencia, sin vivir realmente. Un día me desperté con la moral bajísima. Sentí todos los sentimientos. De la rabia a la tristeza, de sentirme sola a querer huir de todos. Lloré a mares, por cuarta y última vez, hasta que un abrumador sentimiento de gratitud se apoderó de mí. No hay razón para estar enojada, es una enfermedad al azar y podría haberle pasado a cualquiera. Por suerte me pasó a mí y no a mi mamá, ni a mi suegra, ni a ninguna de mis hermanas o amigas. Soy joven, saludable y sin hijos, una combinación ideal para ser la que esté pasando por esto.

No hay razón para estar triste: tengo un equipo médico increíble, vivo en un país donde no tengo que vender un riñón para cubrir mis gastos médicos, y estamos en una era en la que los desarrollos en la medicina avanzan a diario. No hay razón para sentirme sola, a pesar de que la mayoría de mis amigos y familiares realmente no pueden comprender completamente por lo que estoy pasando, están haciendo todo lo posible para estar ahí para mí. Me hacen saber que están disponibles para lo que necesite, me envían mensajes para ver cómo estoy, me traen comida, me envían flores, me llevan al hospital, me hacen compañía. Tengo un sistema de apoyo increíble. No hay razón para querer huir: por mucho que quisiera estar en la India, mi viaje planeado para principios de 2023, puedo disfrutar de nuestra casa, vincularme con la comunidad, ver crecer a los pequeños cercanos, echar raíces.

No es agradable tener cáncer, no me malinterpretes, pero sabía que estaría bien. Todavía había mucha niebla en mi cerebro, pero traté de ser más consciente del presente. La vida es hoy, no solo cuando no haya cáncer.

Lo que mi enfermedad me ha dado, sin embargo, es la capacidad de verbalizar cuando no me importa algo. No tengo tiempo ni energía para lidiar con las idioteces de nadie. Entonces, si la gente no traía positividad a mi vida, no los mantendría cerca por cortesía. Si no tenía ganas de hacer algo o hablar con alguien, simplemente no lo hacía. Dejé de lado la culpa de tener mensajes sin respuesta, publicaciones sin escribir, tareas sin terminar. La “cancer card”, como la conocían las personas más cercanas a mí, era una especie de “tarjeta para salir de la cárcel gratis”. Y me dio una sensación de empoderamiento. Me hizo sentir un poco en control, en un momento en el que había renunciado a todo el control.

Adaptándose a un nuevo cuerpo

Después de mi última quimioterapia, en preparación para la cirugía, me hicieron una resonancia magnética. Mostró que ya no había tumor: los productos químicos aterradores hicieron su trabajo maravillosamente. Eso me permitió someterme de manera segura a una mastectomía parcial en lugar de una completa. Lo que significa que me sacarían un pedazo de la mama –la zona donde había estado el tumor– y no necesitaría reconstrucción. Ni siquiera quería usar una peluca, así que entenderás que estaba empeñada en no ponerme un implante. Esta fue una hermosa noticia. Bueno, ¡además de no tener más cáncer!

La cirugía transcurrió sin problemas. Solo pasé unos días en el hospital y el dolor fue bastante tolerable. Estaba tan feliz de que todo se sintiera razonablemente simple que ni siquiera pensé en cómo se vería mi nuevo cuerpo. Cuando finalmente logré quitarme la polera y ver lo que habían hecho en mi pecho, me sentí abrumada. Estaba igualmente agradecida con el equipo quirúrgico por salvar mi mama y hacer que mi escote pareciera normal, y devastada por la diferencia que podía ver fácilmente al estar desnuda. ¡Gracias al universo por la capacidad humana de sentir más de una emoción a la vez!

Lo único que quería era no sentirme como un paciente por el resto de mi vida, que la gente no pudiera darse cuenta de que estaba enferma. Y la mayoría nunca lo sabría mirándome. Pero mi pareja y yo lo veremos para siempre. Los pensamientos de no poder volver a sentirme sexy se precipitaron a todos los rincones de mi mente. ¿Me sentiría cohibida cada vez que me quitara la polera a partir de ahora?

Honestamente, todavía estoy luchando. Entre las cicatrices, el pecho más pequeño y el pelo corto, hay días en los que no puedo encontrar la manera de sentirme yo misma. Otros días me siento empoderada por lo fuerte que he sido después de todo lo que me ha pasado, y eso me da confianza. Es un proceso, así que estoy segura que con el tiempo llegaré a aceptar por completo cómo me veo.

¿Ya estamos listos?

Uno pensaría que después de una resonancia magnética sin hallazgos y una mastectomía para asegurarse de que no quede ni una sola célula cáncerígena, todo este calvario habría terminado, ¿verdad? Sí, eso es lo que yo también pensé. Pero todavía me quedaban 13 rondas más de inmunoterapia, un mes de radioterapia todos los días, y otra cirugía para extirparme los ovarios. El Dr. Strikić me dio la noticia dulcemente, asegurándome que ya no tengo cáncer, y que todo lo que está por venir es prevención, para garantizar que nunca volveré a tener cáncer.

Como ya había decidido no tener hijos, y porque mi cáncer era hormonal, una buena medida fue extirparme los ovarios. Había una gran posibilidad de desarrollar cáncer de ovario en el futuro, y necesitaba dejar de producir estrógeno, por lo que deshacerme de ellos fue una decisión fácil. Aunque se suponía que la cirugía iba a ser mucho más sencilla que la mastectomía, psicológicamente fue difícil. Pasé todo el tiempo desde el diagnóstico hasta la recuperación de la primera cirugía, aproximadamente 8 meses, de forma totalmente sedentaria. Simplemente no tenía ganas de hacer más que caminatas cortas. Así que cuando me sentí lo suficientemente recuperada, me esforcé por empezar a correr de nuevo. Poco a poco, en cortos intervalos de 1 minuto, caminando entre medio para recuperar el aliento. Pero pude estar lista a tiempo para –lentamente– correr/caminar 5K en “Run for the Cure”. Y me sentí mejor y mejor a partir de entonces. En mi mente ya estaba sana y mi cuerpo estaba intentando ponerse al día. Hasta que la “simple” cirugía laparoscópica me dejó sin poder entrenar durante un mes, y me hizo empezar de nuevo desde cero. Ay.

Re-gaining my strength back after breast cancer
Recuperando fuerzas después del cáncer de mama

La radioterapia transcurrió sin incidentes. Durante 20 días laborales consecutivos me pusieron en una máquina de tomografía durante unos 10 minutos. No hubo efectos secundarios complicados. Mis niveles de energía estaban bajos, y tenía un bronceado oscuro en el pecho y una mancha de quemadura en la axila. Nada que un ungüento antibiótico y un poco de sueño extra no pudieran resolver.

La inmunoterapia, por otro lado, no fue tan fácil. Era cada 3 semanas, por lo que extendió el tratamiento por muchos más meses de lo que esperaba. Y se hacía en la sala de quimioterapia, por lo que desencadenó todos los sentimientos que tuve durante las quimios. Siempre sonaba la misma canción de fondo, que se interrumpía constantemente por el incesante pitido de las máquinas intravenosas. Siempre estaba lleno, lo que me llevaba a pensar sobre la historia de cada persona. La mayoría de ellos eran personas mayores, y duele ver cuánto sufren. Me dolían los brazos, donde me habían pinchado las venas mil veces. Y sentía un sabor agridulce en la boca cuando trataba de asimilarlo todo… Le debo mi vida a la quimioterapia, pero cada vez que entraba en la sala me daba ansiedad, al borde de un ataque de pánico. Las enfermeras son encantadoras, y aun así solo quería huir. 

Soy una persona terca y muy positiva, así que antes de cruzar la puerta ponía mi mejor sonrisa, y respondía con un ‘excelente’ a quien me preguntara cómo estoy. No dejaba de recordarme a mí misma que estaría allí solo por un rato, pero los minutos pasaban con una lentitud insoportable, mientras intentaba que mi ansiedad diera paso a la gratitud. 

La última inmunoterapia se sintió diferente. Fue un poco anticlimático. Había esperado eternamente ese momento, sin embargo, fue solo otra visita sin incidentes al hospital. Así que, en lugar de centrarme en calmar mi ansiedad, aproveché la oportunidad para recordarme a mí misma lo agradecida que me siento por mi equipo médico. Por las increíbles enfermeras que siempre tenían una sonrisa en sus rostros y una palabra de aliento. Y por tener al doctor más maravilloso de toda la galaxia: inteligente, ingenioso, amable, simpático… El Dr. Strikić es simplemente perfecto, un modelo de lo que todo médico debiese aspirar a ser.
—Doc, si estás leyendo esto, espero que te ayude a asimilar el enorme impacto que tuviste en mi vida. Conocerte fue un verdadero highlight en todo este camino. Estoy encantada de poder verte como un amigo que, además, es mi oncólogo : )

Dina, la misma encantadora enfermera que me puso el catéter en mi primera quimioterapia, me sacó el catéter de la última inmunoterapia. “Círculo completo”, me dijo, sintiendo la misma piel de gallina que yo. Me hizo prometer que la próxima vez que nos viéramos sería para tomar un café, y que nunca más volvería a poner un pie en esa sala. Le dije que sí de todo corazón.

Síndrome de Estocolmo

“Sentí como si mi cuerpo fuera un vertedero de desechos tóxicos”, afirma con tristeza Rosamund Dean en su libro Reconstruction, mi compañero en cada etapa de mi viaje contra el cáncer de mama. Fue fácil identificarme con la mayoría de sus palabras, pero estas resonaron particularmente. Ha pasado más de un año de productos químicos y cirugías, y probablemente se viene más de una década de tomar píldoras bloqueadoras de hormonas a diario.

Mi oncólogo me contó que muchos de sus pacientes regresaban poco después de terminar su tratamiento, con bultos placebo. Él cree que es una especie de síndrome de Estocolmo, en el que sus cerebros no son capaces de asimilar que todo está bien. Yo creo que es “culpa del sobreviviente”. Ahora que terminé, no puedo sacarme de la cabeza la idea de que fue muy fácil y tuve mucha suerte, en comparación. Muchos no lo lograron. Muchos lidiarán durante un sinnúmero de años con las facturas del hospital. Muchos quedaron con efectos secundarios permanentes después su tratamiento. Realmente no debería tener nada de qué quejarme. Sin embargo, a menudo estoy en conflicto entre el agradecimiento y la tristeza.

Con el diagnóstico me pregunté “¿por qué a mí?”. Busqué respuestas, cuestioné mis elecciones de vida, reflexioné sobre lo que podría haber hecho de manera diferente. Hasta que un día me planteé la pregunta contraria: “¿por qué no a mí?” Cada vez que me siento deprimida, harta o abrumada, pienso que si esto le tuviera que pasar a alguno de los míos, me habría ofrecido como voluntaria para pasarlo en su lugar. Me pasó a mí porque podía manejarlo. Y soy muy afortunada de estar en esa posición. Ahora, incluso con eso dicho, es normal llorar, como dijo Rosamund, “por tu cuerpo antes de la cirugía, tu identidad antes del cáncer y tu vida comparativamente despreocupada”.

La vida está llena de contradicciones, pero mi experiencia con el cáncer me enseñó que puedes sentir lo más alto de lo alto y lo más bajo de lo bajo al mismo tiempo. Sentir significa que estamos vivos, y eso es todo lo que importa.

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