La mujer tras los posts
En pocas palabras...
Mi nombre es Constanza Fernández, aunque todo el mundo me dice Coni.
Nací en Chile, en una familia marcada por la migración. Las historias de mis abuelos cruzando fronteras me enseñaron desde pequeña que viajar es el mejor antídoto contra el miedo. Estudié Derecho, trabajé como asesora de Derechos Humanos, obtuve un Magister en Relaciones Internacionales y enseñé derecho y ciencias políticas en la Universidad –hasta que cambié el aula por el camino y me convertí en escritora de viajes.
Actualmente vivo en Croacia, e intento viajar lo más que puedo. Tengo una bucket list de 201 experiencias de viaje como brújula, que me guía a través de cada continente.
En Experiencing the Globe escribo guías de destinos honestas, inspiración para viajar de forma más sostenible, y reflexiones geopolíticas para las mentes curiosas que quieren viajar más profundamente. Porque más allá de las narrativas que nos dividen, las personas son amables en todas partes. Y quiero que tú también lo veas.
Únete al viaje –y trae tu curiosidad.
¿Quieres saber un poco más?
Mis abuelos vinieron de España, Rumanía y Alemania –unos en busca de oportunidades, otros huyendo de una guerra que había hecho imposible volver a casa. Todos terminaron en Chile, un país tan remoto como hermoso. Su historia de migración me enseñó desde pequeña que las fronteras son más arbitrarias de lo que pensamos, y que hogar es algo que se construye, no algo en lo que simplemente se nace.
Para cerrar el círculo, yo también emigré. Croacia, el lugar de nacimiento de mi marido, es también mi hogar ahora. He aprendido a viajar de forma más intencional y a apreciar estar en casa más de lo que solía –pero hay algo en mi alma que siempre me está llamando a viajar. Viajo todo lo que puedo, y cuando estoy en casa, estoy planeando el siguiente viaje.
Para mi viajar siempre ha sido inseparable de la política. Crecer en un país marcado por la dictadura, el exilio y la resiliencia me enseñó que entender un lugar significa entender su historia, sus heridas y las fuerzas que lo moldearon. Es la consecuencia de haber estudiado derechos humanos y relaciones internacionales –te vuelves incapaz de visitar un lugar sin preguntarte por qué es como es. Por qué una ciudad tiene el aspecto que tiene. Por qué una frontera existe donde existe. Por qué la gente carga con orgullo o dolor que carga. Creo que este tipo de curiosidad me ha hecho una viajera más consciente –y una mejor escritora.
La bucket list nació de todo esto. No una lista de lugares famosos, sino un mapa de experiencias que exigen algo de ti –asombro, incomodidad, humildad, admiración. Encuentros únicos con fauna salvaje: gorilas en Uganda, dragones de Komodo en Indonesia, tortugas gigantes en las Galápagos, la Gran Migración desplegándose por el Serengeti. Paisajes de otro mundo: los baobabs de Madagascar, la flora alienígena de la isla de Socotra, los monasterios de Bután suspendidos al borde de lo posible. Lugares que las noticias reducen a titulares pero que merecen ser entendidos desde dentro: Corea del Norte, Turkmenistán, Libia, Siria, Afganistán, Bielorrusia. Encuentros con personas cuyas formas de vida son anteriores a nuestro mundo moderno: tribus ancestrales en Papúa Nueva Guinea y en la región del río Omo en Etiopía, los Rapa Nui en la Isla de Pascua, los Māori en Nueva Zelanda. Y una búsqueda más personal entretejida en todo ello: seguir los pasos de mis abuelos en los pueblos que dejaron atrás. Años de investigación, una vida entera de curiosidad –y todavía tanto por recorrer.
Lo que une todo esto –más que los lugares, más que la bucket list– es lo que ocurre en el camino. Una de las partes más importantes de viajar, para mí, ha sido desaprender. Cuestionar supuestos, escuchar con más atención y mantenerse abierto a la posibilidad de que las personas que conocemos pueden cambiar la forma en que vemos el mundo –e incluso a nosotros mismos. Algunas de las conversaciones y encuentros que más me han marcado no fueron los que confirmaron lo que ya creía, sino los que lo pusieron en duda. Hay algo profundamente valioso en dejarse cambiar por el mundo en lugar de simplemente recorrerlo. Y espero que al menos algo de lo que leas en Experiencing the Globe responda preguntas que no sabías que tenías –y te ayude a desaprender algo.
El 'porqué' de mi viaje
Viajo porque creo que en cada rincón de este mundo hay algo que merece ser visto, una aventura esperando a ser vivida y, sobre todo, personas cuyas historias merecen ser escuchadas. Los medios occidentales nos tienen viviendo en una burbuja en la que cualquier persona diferente se convierte en una amenaza. Estos sesgos nos llevan a mirar los lugares con desconfianza, y después de escuchar suficientes veces que «ellos» están contra «nosotros», terminamos viviendo con miedo –miedo a los nuestros, porque aunque tengamos tradiciones y creencias distintas, somos una sola raza humana. El mundo está lleno de desconocidos que podrían convertirse en amigos, si les damos la oportunidad. No es el lugar aterrador que nos quieren hacer creer.
Viajo porque creo que las fronteras son uno de los inventos más dañinos de la humanidad, y necesitamos mirar más allá de ellas –a las personas, no a las entidades políticas. Estamos separados por líneas imaginarias que nos dicen dónde pertenecemos. Grupos étnicos atrapados en países que no respetan su cosmovisión. Guerras por territorios habitados por otros durante milenios. Derramamiento de sangre por un poco más de poder. La arrogancia de creer que una forma de vida es superior y debe exportarse. Elegir cruzar esas líneas –sentarse con las personas al otro lado de cualquier división que nos hayan impuesto– no es un acto neutro. Viajar es tan político como salir a marchar por una causa.
Viajo para desmentir mitos. Para aprender de cada persona que cruza mi camino. Para ver realidades más allá de las palabras que se usan para describirlas. Reconozco que yo tampoco estuve siempre libre de juicios –solía pensar que un turista no era un viajero de verdad, que una visita corta no era suficiente para decir que habías estado en algún lugar. Pero he superado mis prejuicios. El hecho de que alguien viaje –invirtiendo el tiempo que se tiene en ver más del mundo– ya es algo. Lo que importa es mantener la curiosidad, estar abierto y resistirse a la versión cómoda de cada lugar que visitas.
Viajo porque este planeta es el único hogar que tenemos, y cuanto más lo conocemos, mejor entendemos qué merece la pena proteger. La sostenibilidad no es un complemento para mí –es una responsabilidad que viene con el privilegio de poder moverse.
Y viajo porque el mundo no deja de darme la razón. Las personas son amables en todas partes. La evidencia se acumula, viaje a viaje, conversación a conversación, y me resulta imposible dejar de coleccionarla.
