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Una nota antes de empezar
El feminismo es, en su forma más simple, la creencia en la igualdad social, política y económica de los sexos. No la supremacía de las mujeres. No la demonización de los hombres. Igualdad. Este ensayo parte de esa premisa. Y también desde una posición de imperfección reconocida: soy una mujer occidental con recursos para viajar, un pasaporte que abre puertas y un conjunto de supuestos que aún estoy examinando. Lo que sigue es una reflexión, no un veredicto.
¿Exenta o expuesta? La foraneidad como escudo y como blanco
Hay una tensión particular que se disuelve en el momento en que dices la palabra correcta.
En Irán, esa palabra es khāreji. Extranjera. La aprendí rápido –no de un diccionario, sino por necesidad. Cada vez que mi hiyab se deslizaba y un hombre en la calle me miraba y señalaba mi cabeza, yo me señalaba a mí misma y decía la palabra mágica. Khāreji. Y la tensión se disolvía de inmediato. Un encogimiento de hombros, una pequeña risa. Las reglas seguían existiendo. Solo que no se me aplicaban de la misma manera.
Pasé semanas en Irán sentada en la primera fila de cada bus, lo suficientemente cerca como para que el conductor pudiera verme por el espejo retrovisor. Me invitaron a casas de té donde no había ninguna mujer, y a nadie parecía incomodarle. Era una anomalía –y las anomalías, resulta, estaban exentas. Me moví por un país cuyas normas para las mujeres yo no tenía que seguir del todo, fui bienvenida en espacios a los que no tenía derecho a entrar, protegida por esa misma foraneidad que en otros contextos podría haberme convertido en blanco.
La libertad que viví en Irán no era mía. Me la habían concedido. Y las mujeres locales –las que llevaban el hiyab correctamente, las que se sentaban al final del bus o no entraban a las casas de té– no eran menos libres que yo por su fe o por su cultura. La exención que yo tengo en mi pasaporte, en mi piel, en mi foraneidad, sencillamente no estaba disponible para ellas.
Esa exención –o exposición, según el contexto– define todo lo que significa viajar como mujer. Incluida la pregunta que nadie hace con suficiente claridad: ¿seguro para quién?
No seguro en abstracto, y no en el sentido simplista de “¿es seguro este país?” –esa pregunta que, como sabe cualquier mujer que haya viajado sola, nunca fue realmente sobre la seguridad, sino sobre gestionar la ansiedad de quien la hacía. Las preguntas reales son más complicadas.
¿Segura de qué –de la violencia, del acoso, de la presión social de ser observada y juzgada? ¿Segura comparada con quién –con la mujer local que recorre esas mismas calles cada día, sin pasaje de regreso? ¿Segura en qué sentido –protegida por tu foraneidad, o expuesta por ella?
Los datos son contundentes. Estudios en Egipto señalan que la gran mayoría de las mujeres egipcias sufren acoso en espacios públicos –y que las extranjeras son objetivo con aún más frecuencia. Esa disparidad es la paradoja del khāreji al revés: la misma foraneidad que me eximía del cumplimiento del código de vestimenta me hacía más visible, más legible como blanco, en otros contextos. La exención no es protección. Es un conjunto distinto de riesgos.
Esperamos el peligro en ciertos lugares y no en otros, y esa expectativa es en sí misma un mapa que heredamos en vez de dibujar. Un hombre golpeó a una amiga con su bastón una calurosa tarde en Marrakech durante el Ramadán –desconcertante e indignante, aunque se sintió más como irritabilidad que maldad. De vuelta en la ‘segura’ Europa me acosaron físicamente en Nápoles, y alguien puso algo en mi trago en Belgrado que me dejó inconsciente hasta la mañana siguiente.
Tuve la suerte de salir ilesa, pero estos incidentes nos recuerdan que los lugares que nos enseñaron a temer y los lugares donde el miedo realmente nos encuentra tienen muy poca superposición. La geografía del peligro para las mujeres no sigue las líneas del mapa que nos dieron.

Viajar sola como mujer: un acto feminista sostenido por el privilegio, no solo por el género
¿Quién puede ocupar el espacio? Género y la geografía de la libertad
La industria del viaje en solitario femenino –es una industria, con sus hashtags y sus narrativas de valentía cuidadosamente curadas– está construida sobre algo real: viajar sola como mujer es genuinamente más difícil que hacerlo como hombre. La carga mental que implica: el cálculo constante sobre qué calle, a qué hora, qué ropa, si ponerse un anillo, si inventarse un marido. La investigación sobre las narrativas de mujeres viajeras revela una persistente tensión entre encarnar la identidad de la viajera fuerte e independiente y la realidad de esa vigilancia constante y agotadora –una tensión que la mayoría de las mujeres reconoce de inmediato y de la que siente un poco de vergüenza al hablar.
Pero hay algo que vale la pena examinar en quién tiene acceso a esa dificultad, a escribir sobre la experiencia y a monetizarla como empoderamiento. Viajar sola como mujer es, estructuralmente, un privilegio –disponible para mujeres con pasaportes que abren puertas y dinero para los vuelos, con la particular libertad de no tener personas en casa que dependen completamente de ellas.
Las mujeres locales alrededor del mundo juegan con reglas completamente distintas.
En las cafeterías de los pueblos de Bosnia, Turquía y Azerbaiyán, queda claro con solo mirar: las mesas están llenas de hombres. Las mujeres no están ausentes del pueblo, pero la cafetería –pública, tranquila, sin apuros– no es su espacio. Yo me senté igual. Pedí un café y nadie reparó en mi presencia, porque era suficientemente extranjera como para quedar fuera de la taxonomía.
En Egipto es aún más marcado: calles y economías gestionadas casi exclusivamente por hombres. Vendedores, transeúntes, toda la coreografía de la vida pública –masculina. Las mujeres están en algún lugar, pero no ahí. La investigación sobre la experiencia de las mujeres en el espacio público documenta esto como una realidad estructural, no una curiosidad cultural: quién puede ocupar el espacio público es una pregunta política.
En zonas rurales de Perú y Tanzania observé una geometría distinta: mujeres trabajando mientras los hombres ostentaban la identidad social de proveedor. La mano de obra era femenina. El título era masculino. Vi a mujeres cargar cosechas y ofrecer artesanías a turistas con la eficiencia silenciosa de quienes han aprendido que su contribución es invisible, aunque muchas de ellas sostengan a su comunidad entera.
Las mujeres que no pueden entrar a las casas de té, o sentarse en la cafetería, y las que trabajan en el puesto del mercado bajo el sol del mediodía –no están esperando ser empoderadas al viajar. Están viviendo una vida que jamás les ha ofrecido esa opción.


Cuando viajar se convierte en explotación: poder y privilegio en el turismo sexual
Y se complica aún más. El problema no se limita a quién ocupa el espacio público o quién recibe el crédito por el trabajo. El mismo cuerpo femenino es el territorio en disputa. La mutilación genital femenina, los códigos de vestimenta, las restricciones al aborto, el turismo sexual, la normalización del acoso –son distintas expresiones del mismo reclamo: que alguien más tiene autoridad sobre el cuerpo de una mujer. Y aunque la mayoría de estos problemas están dolorosamente presentes en todos los rincones del mundo, cómo los evaluamos suele volver al privilegio más allá del género.
El turismo sexual masculino occidental es una de sus expresiones más explícitas en el ámbito de los viajes. Tailandia es el caso que el mundo conoce. La expansión del turismo sexual allí es rastreable a decisiones estructurales: los acuerdos entre el gobierno tailandés y el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam establecieron la infraestructura; las políticas económicas orientadas al turismo crearon las condiciones; y el marketing turístico occidental hizo el resto.
Académicas investigando sobre el turismo sexual señalan que gran parte de lo que lo hace posible es un condicionamiento cultural específico: los hombres occidentales buscan “chicas jóvenes, sumisas, entusiastas y ‘exóticas’ con quienes experimentar aventuras sexuales que no pueden vivir en casa” mientras que la vida de las trabajadoras sexuales es “marcada por el empobrecimiento, la explotación y la falta de protección de las autoridades locales”.
Japón participa en una versión más silenciosa de la misma economía –la industria de los hostess clubs de Tokio funciona con mujeres que realizan trabajo emocional y social para clientes masculinos, en un sistema legal, normalizado y menos escrutado que su contraparte tailandesa, porque no encaja en la geografía conveniente de dónde situamos la explotación.
Pero esto no es exclusivamente masculino –y el feminismo exige la honestidad de decirlo. El turismo sexual femenino existe en el Caribe, Gambia, Kenia y partes del sur de Europa, con hombres locales –frecuentemente jóvenes, desempleados o subempleados– actuando como “beach boys”. En la mayoría de los casos documentados, las turistas sexuales son mujeres de mediana edad o mayores de países ricos, que buscan encuentros románticos –físicos, emocionales o ambos. La asimetría de poder es real y sigue la misma lógica: riqueza, movilidad y el privilegio de un pasaporte poderoso fluyendo en una dirección; vulnerabilidad en la otra. El género de quien ejerce el privilegio no cambia fundamentalmente la estructura del intercambio –aunque la escala, los riesgos y el contexto histórico suelen diferir.
Lo que cambia es cómo hablamos de ello –o, más precisamente, con la poca frecuencia que lo hacemos. El turismo sexual femenino recibe una fracción del escrutinio que se dirige al masculino, en parte porque suele enmarcarse como romance en vez de transacción, y en parte porque no encaja en la historia que preferimos sobre las mujeres como víctimas y no como agentes. El feminismo nos exige ser capaces de examinar esa historia también.

Nada de esto es un argumento en contra viajar sola como mujer, ni una forma de decir que no es empoderador. Lo es, absolutamente. Aventurarse en un mundo construido por y para los hombres, y reclamar un lugar en él, es un acto genuino de rebeldía. Pero la rebeldía y el privilegio pueden coexistir, y podemos hablar de ambos.
La libertad de viajar sola como mujer no es algo que podamos dar por sentado; es una confluencia particular de pasaporte, ingresos, circunstancias y el tipo específico de valentía que nace de tener opciones. No todas las mujeres las tienen. La mayoría, no. Pero un hombre sin dinero y con un pasaporte débil tiene menos libertad que una mujer occidental acomodada. La barrera, resulta, nunca fue solo el género. Y la forma en que algunas viajamos –extrayendo, moviéndonos por las realidades de otras mujeres sin detenernos a mirar– no siempre es tan distinta del tipo de viaje que llevamos décadas criticándoles a los hombres. Reconocer eso no es razón para quedarse en casa. Todo lo contrario. Es razón para viajar, pero de forma diferente.
Mujeres y la historia de la literatura de viajes: ¿quién narra y quién es narrada?
La historia de la literatura de viajes es, con contadas y fugaces excepciones, una historia de hombres que se mueven por el mundo y deciden qué significan esos lugares.
Los exploradores, los cartógrafos, los administradores coloniales que enviaban despachos a casa, los periodistas del siglo XX que cubrían capitales extranjeras, los conductores de programas de televisión que recorrían continentes –el género fue construido por hombres, para hombres, sobre un mundo que les pertenecía y podían interpretar a su antojo.
Cuando las mujeres viajaban y escribían, solían ser notables precisamente por ser excepciones: Freya Stark navegando los desiertos de Medio Oriente en los años treinta; Isabella Bird recorriendo ochocientas millas a caballo por las Montañas Rocosas y luego de Bagdad a Teherán; Dervla Murphy pedaleando de Dublín a Delhi en 1963, durante uno de los peores inviernos en años. Si las celebraban, era con la condescendencia reservada para las excepciones –como si el logro necesitara un asterisco. Lo hicieron bien, para ser mujeres.
Lo que más me perturba, sin embargo, no es la mera ausencia de mujeres viajeras, sino las capas de esa ausencia. Incluso cuando la literatura de viajes femenina creció, cuando viajar sola como mujer se convirtió en un género, las voces que llegaron a lo alto eran –y siguen siendo– privilegiadas. Occidentales. Angloparlantes. Con educación universitaria. Viajando con pasaportes que abren puertas. La bloguera que escribe una guía sobre seguridad en algún lugar del Sur Global. La influencer que construye un following desde países conocidos por su hospitalidad. Yo, escribiendo este ensayo.
Como argumentó la académica Indira Ghose en su estudio sobre las viajeras británicas en la India colonial, ellas fueron simultáneamente “colonizadas por el género, pero colonizadoras por la raza” –transgrediendo las normas de género mientras servían a la misma estructura de poder colonial que los hombres. No solo nos abrimos paso en un mundo construido por hombres: perpetuamos su mirada al hacerlo.
Y esa mirada ha encontrado un poderoso nuevo recipiente. La influencer de viajes contemporánea que fotografía a una abuelita, escribe un pie de foto sobre su belleza o su espíritu extraordinario y pasa al siguiente viaje –ganando seguidores o contratos publicitarios en el camino– está realizando una versión de la misma extracción que hacían los escritores de viajes coloniales. La fotografiada no consintió en convertirse en contenido. Su imagen circula, genera interacción, quizás gana dinero, mientras ella permanece exactamente donde estaba. La economía de Instagram ha vuelto este tipo de extracción sin fricción e invisible –porque parece admiración, y la admiración se siente como lo opuesto del daño. Pero no siempre lo es.
Las mujeres locales no solo experimentan viajar de manera diferente: están en gran medida ausentes de la historia. No como sujetos, no como la modelo en la foto o el relato de resiliencia en el pie de foto. Sino como narradoras. La guía turística en sociedades patriarcales que luchó por un trabajo que generó descontento en su propio país sabe más sobre cómo moverse por la geografía de ser mujer en ese lugar que lo que yo podría observar en una semana siguiéndola. Yo escucho lo más que puedo. Pero igual escribo la historia. La cuestión no es dejar de escribir. Es una invitación a sostener la pluma de un modo diferente.



El ‘complejo de salvadora’ arraigado en el colonialismo: cuando la superioridad moral del feminismo occidental no permite escuchar
¿A quién estás salvando? Deconstruyendo las narrativas feministas occidentales
La burka, el nicab, el chador, el hiyab –se convirtieron en sinónimo de opresión en el discurso político occidental, y por extensión en las conversaciones sobre viajes: símbolos haciendo el trabajo de un argumento, sin matices. Ves a una mujer cubierta en una calle europea o norteamericana y algo se tensa en el pecho progresista liberal. Una injusticia, legible de inmediato. La respuesta llega rápido, porque ha sido ensayada: esto es retrógrado y hay que combatirlo.
Lo que se omite, en la velocidad de esa respuesta, es la mujer misma.
He conocido mujeres cubiertas que viven su vestimenta como fe e identidad, como una elección hecha con plena conciencia de las alternativas. He conocido mujeres cubiertas que lo viven como coerción, como algo impuesto por padres, maridos y la presión comunitaria. He conocido mujeres cubiertas que sostienen ambas cosas simultáneamente, de la manera complicada en que los seres humanos solemos entender lo que nos define. Pero nunca he conocido a una mujer cubierta cuya situación haya mejorado gracias a la indignación de un occidental en su nombre.
Como señala con claridad la profesora Amal Idrissi al hablar de los derechos de las mujeres en Marruecos: no es la religión lo que frena a las mujeres. Es el patriarcado. Esa distinción importa enormemente –porque atacar la religión no solo es inexacto, es contraproducente. Aleja a las mismísimas mujeres cuya solidaridad dices buscar, convierte al islam en el enemigo en lugar de las estructuras del poder masculino que existen en todas las religiones, y permite que el feminismo occidental sienta una superioridad moral sin examinar sus propias estructuras patriarcales. Francia prohibiendo el hiyab en espacios públicos no es un acto feminista. Es otro grupo de hombres dictando otro grupo de normas sobre lo que las mujeres pueden vestir, y llamándolo liberación.
Este patrón se extiende más allá del velo, hacia cada ámbito en que los ojos occidentales se encuentran con la vida de las mujeres no occidentales. El acceso restringido a la educación, la exclusión de la vida política, la normalización de la violencia sexual –son injusticias reales y urgentes, y nombrarlas importa.
Afganistán es el ejemplo más extremo de lo que ocurre cuando la lógica de ‘el cuerpo de las mujeres como territorio político’ llega a su punto límite. Desde la toma del poder por parte de los talibanes en 2021, casi 2,2 millones de niñas han sido excluidas de la educación secundaria y superior, convirtiéndolo en el único país del mundo donde esto es política de Estado. En 2021, una mujer afgana podía haberse presentado a la presidencia. En 2025, un edicto talibán declaró que hablar en público era una violación moral para las mujeres. Cuatro años. De candidata a silenciada.
Pero nombrar es solo el comienzo, no el trabajo. El impacto real requiere seguir el liderazgo de las mujeres que viven dentro de esas realidades, financiar sus organizaciones, amplificar sus voces y soportar la incomodidad de que te digan que tu marco de referencia no encaja.



Siguiendo su liderazgo: apoyar a las mujeres en sus propios términos
El concepto de apartheid de género fue articulado por primera vez por las propias defensoras afganas de los derechos humanos, en respuesta a la primera toma del poder por parte de los talibanes en los años noventa. Expertas de la ONU han advertido desde entonces que los edictos, políticas y prácticas talibanes constituyen un sistema institucionalizado de discriminación, opresión y dominación de las mujeres y las niñas que equivale a un apartheid –y que los marcos legales existentes, incluida la persecución por razón de género, no capturan plenamente la naturaleza institucionalizada e ideológica de lo que ocurre allí.
Una campaña internacional está empujando para que el apartheid de género sea codificado como crimen contra la humanidad en el derecho internacional, con un proceso de tratado de la ONU que comenzó formalmente en enero de 2026. El término importa porque nombrar un crimen es la primera condición para perseguirlo, y porque, como dijo la abogada afgana Azadah Raz Mohammad al Consejo de Seguridad de la ONU en marzo de 2025: “ningún término describe mejor los crímenes que los talibanes están cometiendo contra las mujeres y las niñas afganas”. Lo dijo ella. No nosotras. Esa distinción, una vez más, lo es todo.
La distinción también resuena con fuerza en Irán. En 2022, las mujeres iraníes tomaron las calles en el movimiento Mujer, Vida, Libertad, quitándose el hiyab con un riesgo personal extraordinario, liderando su propia revolución contra un régimen que desde entonces ha respondido con detenciones, violencia y miedo. No pidieron que las mujeres occidentales marcharan en su nombre. Pidieron algo más específico y más difícil: presión internacional sobre el régimen y una atención que no se evapore cuando llegue el próximo ciclo de noticias.
Conocí a una joven en Irán –la llamaré Rooyan, aunque ese es su nombre real y nunca ha pedido ocultarlo. Aprendió inglés por su cuenta, metódicamente, planeando emigrar algún día. Se saca el hiyab cada vez que puede, con la rebeldía particular de quien sabe el costo de cada pequeño acto. Habla del sistema que la atrapa con una claridad y una rabia que no dejaban espacio para la lástima, solo para el respeto. Hoy estudia en la universidad –porque las mujeres iraníes sí tienen acceso a la educación superior, los campus universitarios están habitados igualmente por ambos géneros, un hecho que complica la narrativa plana de opresión total que el discurso occidental prefiere.
Lo que Rooyan necesita es conexión, comprensión, saber que la gente de afuera sabe lo que pasa en su país y no está dispuesta a hacer la vista gorda. La diferencia entre la fantasía del complejo de salvadora y una solidaridad genuina es exactamente esa: la disposición a preguntar qué se necesita y a estar presente para la respuesta, aunque sea inconveniente, de largo plazo y no fotogénica.
En las sombras de El Cairo, en su Ciudad Basura, encontré algo que reencuadra lo que la visibilidad puede hacer cuando se hace bien. Los hombres recogen la basura de la ciudad. Pero las mujeres son el corazón de la operación: clasifican, categorizan, gestionan, transforman. Un grupo de ellas fundó APE (la Asociación para la Protección del Medio Ambiente), una ONG que ofrece programas de empleo, proyectos de alfabetización y educación, talleres de reciclaje y acción ambiental. Sus artesanías, hechas con materiales reciclados, financian sus vidas y apoyan la sostenibilidad, llegando incluso a clientes internacionales y marcas de moda de lujo. Estas mujeres no esperan ser salvadas. Construyeron algo que las empodera.
Hay ejemplos así en todas partes –mujeres que convierten el trabajo invisible en poder visible, en contextos donde nadie lo esperaba. La tarea de la viajera es encontrarlas, nombrarlas correctamente y apuntar hacia ellas en vez de hacia sí misma.

La ‘mujer del tercer mundo’: una historia que el occidente se cuenta a sí mismo
Lo que se disfraza de feminismo en el complejo de salvadora es algo menos halagador. Las académicas feministas poscoloniales –más influyentemente Chandra Mohanty en su ensayo fundacional Bajo la mirada occidental– han argumentado durante décadas que el feminismo occidental tiende a construir una monolítica “mujer del tercer mundo”: victimizada y sin voz, esperando ser salvada. Esta construcción posiciona a las mujeres occidentales como sujetos del feminismo: las que tienen las respuestas; y a las mujeres no occidentales como sus objetos: las que tienen los problemas. La solidaridad reclamada desde esa posición es pura caridad. Es la fantasía del rescate disfrazada de lenguaje progresista, y tiene la misma estructura colonial que aquello a lo que se opone.
El colonialismo no terminó cuando bajaron las banderas; se adaptó. Una de sus nuevas ramas está poblada de viajeras que cuentan historias ajenas. Viaja de forma liviana: una maleta de mano, una cámara y un grupo de seguidores. No necesita un gobierno detrás ni un territorio que reclamar. Opera a través de la atención: quién tiene derecho a mirar, quién a narrar, la experiencia de quién se convierte en contenido y cuál se convierte en contexto.
La pregunta no es si hablar –el silencio no es neutralidad, y elegir no involucrarse es también una forma de borrar las voces que queremos amplificar. La pregunta que debemos hacernos, siempre, es si has escuchado lo suficiente como para merecer lo que vas a decir, y si la mujer cuya historia estás contando se reconocería en ella.

Lo que realmente vale la pena celebrar –y por qué no es lo mismo que romantizarlo
Existe una versión de la siguiente observación que resbala hacia la condescendencia. Ya conoces el cliché: la viajera vuelve de algún pueblo humilde y declara que la gente de allí es tan feliz, tan unida, tan rica en lo que importa. Es una manera de sentirse bien con lo que viste sin pensar demasiado en qué lo causó o si la gente que lo vive lo elegiría si tuviera otras opciones.
Pero hay lecciones que podemos extraer sin romantizar la pobreza ni ocultar las dificultades.
En varias de las sociedades que he podido observar e investigar, en particular las organizadas en torno a estructuras matrilineales o comunitarias, vi algo que funciona mejor que lo que conozco en casa. No en algún sentido espiritual vago –estructuralmente.
Los Minangkabau de Sumatra Occidental –la mayor sociedad matrilineal del mundo, con unos cuatro millones de personas– son musulmanes. Lo menciono no como contradicción, sino como corrección a un reflejo. Sus costumbres matrilineales y su fe islámica coexisten sin conflicto. La propiedad pasa por línea femenina. Las mujeres mayores son veneradas. Las decisiones se toman por consenso, y la sociedad exhibe niveles notablemente bajos de violencia y conflicto.
Los Mosuo del suroeste de China practican lo que llaman matrimonios itinerantes: sin convivencia, los hijos se crían en la familia materna, con los hermanos y los tíos maternos en el rol paterno. La comunidad es estable. Los niños están sostenidos por una red de adultos en lugar de depender de uno o dos.
Las mujeres Masái con las que compartí en Tanzania hablaban de la poligamia en términos que reorganizaron mis supuestos: tener varias esposas implica compartir el trabajo doméstico y la crianza, y genera compañía y apoyo mutuo. No es un arreglo feminista occidental. Pero tampoco es lo opuesto.
No estoy argumentando que estas sociedades hayan resuelto lo que nosotras no hemos resuelto, sin matices. El patriarcado adopta muchas formas y la mayoría están presentes en esas sociedades también. Lo que quiero destacar es que parte de lo que han construido –específicamente en torno a la colectivización del cuidado– contiene algo que vale la pena tomar en serio en vez de romantizar. El cuidado colectivo de los niños no es folclor. Es una respuesta estructural a un problema estructural. Las mujeres tienen más libertad cuando el cuidado deja de ser una carga privada. Eso es observable, está documentado y tiene implicaciones políticas para toda sociedad, incluidas las que se consideran más avanzadas.
La distinción entre romantizar una cultura e identificar algo que hace mejor vale la pena ser destacado. La primera trata sobre los sentimientos de la viajera. Lo segundo, sobre escuchar y aprender.

Cómo debería ser el turismo feminista realmente: aprendiendo a escuchar
Le pregunté a Yayai, la matriarca de una familia Masái con la que pasé una semana, qué mensaje le gustaría enviar al mundo sobre su forma de vida.
Escuchó la pregunta en traducción. Me miró por un largo momento. Y luego miró a su nuera que traducía, con una expresión que he recordado muchas veces –no confundida exactamente, sino entre perplejidad y paciencia, la mirada de alguien a quien le hacen una pregunta que no tiene sentido.
Ella no tenía un mensaje para el mundo. El mundo, como algo separado de su vida, no era una categoría con la que pudiera trabajar. Ella sabía qué la hacía feliz y qué le dolía. Conocía la textura de sus días, el peso de sus responsabilidades, el calor de los niños que pasaban por su hogar, la manera de cuidar a sus animales. No sabía, porque no tenía razón para saberlo, qué había de diferente en todo eso en otro lugar. No tenía otra vida con la que comparar.
Crucé un continente para pedirle que tradujera su existencia en términos útiles para mis lectores. Su mirada en blanco fue la respuesta correcta.
Siempre hago preguntas –es algo constitutivo de cómo me muevo por el mundo. Pero ese momento en la boma Masái me enseñó algo que todo mi cuidadoso cuestionamiento no había logrado: la premisa de una pregunta no es neutral. Cuando le pregunto a una mujer qué quiere que el mundo sepa sobre su vida, estoy asumiendo que vive su vida en relación con el mundo, que la comparación que la invito a hacer le resulta significativa. A veces lo es. Y a veces la pregunta cae como una piedra en agua quieta y dice más por lo que perturba que por cualquier respuesta que reciba.
Lujain, mi guía en Siria, en cambio, sabía exactamente lo que quería compartir con el mundo. Lo dijo sin que se lo preguntara, con naturalidad, entre sitio y sitio: que había luchado por su trabajo, que su familia no la había apoyado, que anhela que la gente entienda mejor su país y ver el mundo ella misma algún día. No necesitaba la pregunta. Ya había escrito su respuesta.
Hay mujeres que no necesitan explicarlo. Lo demuestran. En El Alto, Bolivia, las Cholitas luchadoras tomaron un espacio que nunca fue construido para ellas y lo hicieron completamente suyo. Verlas actuar entre polleras de colores y furia teatral, entendí algo sobre la fortaleza femenina que no se parecía a nada de lo que me habían enseñado que debía ser. No era sutil ni esperaba permiso. Era ruidosa y colectiva: no un arreglo estructural sino una actuación cultural del poder, completamente en sus propios términos.
Lo que conecta estos tres encuentros es la proximidad –el tipo que solo es posible sumergiéndose en diferentes culturas. Si una tradición va en contra de lo que creo, quiero verla, entender por qué persiste y tener una base más informada para la posición que tome. Eso no es lo mismo que aceptar todo lo que veo. Es la diferencia entre una posición construida desde la experiencia y una construida desde el supuesto –y requiere quedarse el tiempo suficiente para que el supuesto se desarme.
→ Puedes contactar a Lujain directamente si estás planeando visitar Siria, esta es su cuenta de Instagram.
→ Si quieres una historia de primera mano sobre la vida en las comunidades Masái, Stephanie, la nuera de Yayai, escribió una hermosa memoria (lamentablemente solo en inglés): “Masai Story: My Fight For Love and The Future Of Indigenous People”. También puedes seguirla en Instagram.
→ Puedes ver a las Cholitas Luchadoras en acción todos los miércoles y domingos en el Coliseo Villa Dolores en El Alto, Bolivia.



Cómo viajar como feminista: una guía práctica e incompleta
No creo que haya una respuesta clara: el turismo feminista no es una certificación que se obtiene ni una lista que se complete. Lo que puedo ofrecer son algunos principios básicos, construidos a partir de años de viaje, de investigación, de preguntas equivocadas hechas de buena fe y, sobre todo, de las mujeres que me corrigieron cuando lo necesité.
Paga a las mujeres locales correctamente y evita regatear. La transferencia de poder más directa disponible para una viajera es económica. Busca alojamientos liderados por mujeres, operadoras de turismo, guías y artesanas –no como novedad, sino como norma. Plataformas como Kiva ofrecen formas más estructurales de apoyar la agencia económica de las mujeres. Host a Sister y Couchsurfing permiten conocer mujeres locales en lugares donde los encuentros casuales en espacios públicos son difíciles o imposibles, construyendo conexiones que duren más allá de tu estadía.
Antes de llegar a algún lugar, lee algo escrito por una mujer que viva ahí. Una novelista, una periodista, una poeta, una activista. Cuando escribas o hables sobre lo que viste, pregúntate de quién es la voz que está en el centro. Si es exclusivamente la tuya, examina por qué –y qué se necesitaría para cambiarla.
Cuando fotografíes a alguien, pide permiso. Cuando publiques esa foto, nómbrala si ella lo consiente, enlaza a su negocio si tiene uno, y escribe un pie de foto que hable de ella y no de cómo te hizo sentir verla. La diferencia entre documentar y extraer suele ser esa: de quién es el nombre en el pie de foto. Es más difícil de lo que parece, pero puede tener un impacto real en su vida.
Cuando te encuentres con algo que te perturba –una desigualdad, una restricción, una dinámica que se siente injusta, una tradición distinta a las que conoces– resiste el reflejo de diagnosticar. Pregunta. Quédate con la incomodidad de las respuestas complicadas y permite que cambien tu opinión.
Sé honesta sobre lo que eres: una persona moviéndose por el mundo con un conjunto particular de privilegios, un pasaporte que abre puertas que otras no pueden abrir, la posibilidad de irte. Eso no es razón para sentir culpa, sino una fuente de responsabilidad. La libertad que tienes es estructural. Úsala estructuralmente, de maneras que vayan más allá de tu propia experiencia, más allá de la historia que contarás cuando llegues a casa.



Reflexiones finales: de vuelta a la casa de té
Sigo pensando en la casa de té de Tabriz.
El hombre que me invitó no estaba haciendo una declaración política. Tenía curiosidad sobre una mujer extranjera viajando sola, algo lo suficientemente inusual como para anular las reglas habituales. Tomé el té. Respondí sus preguntas –¿de dónde eres, estás casada, por qué estás aquí sola?– e hice algunas propias. Fui, durante esa hora, libre de una manera que ninguna mujer local podría haber sido.
Afuera, la calle continuó como siempre. Las reglas siguieron aplicándose a todos a quienes siempre se habían aplicado. Mi presencia en esa casa de té no cambió nada.
Pero no creo que la respuesta sea no disfrutar de esa libertad. Tampoco el silencio, ni la performance de humildad que te mantiene tan ocupada examinando tu propio privilegio que nunca haces nada con él. Eso es solo otra manera de hacer del viaje algo sobre ti misma.
El feminismo –la creencia en la igualdad, aún inacabada, aún necesaria– no es el pie de foto sobre una mujer local, ni la guía sobre viajar con mayor seguridad, ni la narrativa del empoderamiento, aunque esas cosas pueden ser parte de él. Es algo más silencioso y más exigente: la disposición a llegar a algún lugar como estudiante y no como autoridad, a dedicar tanta energía a escuchar como a narrar, a preguntarte qué cuesta tu presencia además de qué ofrece.
Sigo llevando el hiyab suelto, como lo hacen las extranjeras. Sigo aprendiendo qué preguntas se pueden traducir. Pero he dejado de creer que los kilómetros, por sí solos, significan algo. Lo que importa es lo que traes de vuelta –no en la maleta, sino en si tu presencia en un lugar dejó algo de valor o solo tomó.
En la casa de té, en algún momento entre la primera taza y la última, logré desaprender algo. Que mi presencia en un espacio no es lo mismo que entenderlo. Que ser testigo de la vida de otra mujer –por muy de cerca y con cuidado que lo haga– no me da el derecho a narrarla. Que lo más útil que puede hacer mi privilegio es crear espacio para voces que siempre han estado ahí, esperando no ser rescatadas sino escuchadas. Y eso, decidí, cuenta como un excelente día de viaje. Así que volví a la calle y comencé a buscar la siguiente pregunta.

Quiero agradecer a mi hermana del alma, Maja Penry-Ristanović, cuyas experiencias y constructivos comentarios ayudaron a dar forma a este ensayo.
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