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Nunca un mapa ha sido neutral: todos han sido trazados por alguien con una agenda. El mundo que crees conocer –sus fronteras, sus nombres, su centro y sus bordes– ha sido descrito por personas con algo que demostrar: cartógrafos que se situaron en el centro de todo, colonizadores que renombraron lo que conquistaban, políticos que trazaron líneas en el nombre de la fe en lugar de la geografía. Este es un ensayo sobre por qué los mapas son engañosos, cómo moldearon nuestra visión del mundo y qué ocurre cuando empiezas a notar el sesgo.
Lo que realmente te está diciendo el mapa del mundo: los mapas nunca son neutrales
Cómo los mapas llenaron lo desconocido con miedo: quién está en el centro y a quién dejamos a los dragones
Cada mapa que se ha dibujado es un argumento, no un registro. Una descripción sesgada de lo que importa: lo que debe estar en el centro y lo que queda relegado a los márgenes. La mayoría de nosotros pasamos toda la vida, sin siquiera darnos cuenta, navegando por un mundo que nos fue descrito por personas con una agenda.
Empecemos por el principio. Eratóstenes, el matemático griego que calculó la circunferencia de la Tierra con una precisión notable alrededor del 240 a.C., dibujó un mapa que situaba a Rodas en su centro, porque él vivía allí. Fue más suposición que arrogancia: el mundo irradia desde donde estás. Todas las civilizaciones que alguna vez han dibujado un mapa lo han hecho desde la misma suposición.
Los cartógrafos medievales situaron Jerusalén en el centro de sus mappae mundi, con el paraíso arriba, el purgatorio abajo y el mundo conocido expandiéndose alrededor de la Ciudad Santa. Eran afirmaciones cosmológicas, mapas de significado más que de territorio. Mientras tanto, los cartógrafos del mundo islámico centraron sus mapas en Alejandría o La Meca.
Los bordes desconocidos de estos mapas estaban llenos de lo que sus creadores temían pudiera haber allí: monstruos marinos, serpientes, criaturas tomadas de cuentos de viajeros e imaginación febril. Aunque más popular, la frase Hic Sunt Dracones –aquí hay dragones– aparece solo en dos objetos históricos conocidos, siendo la inscripción más común Terra Incognita, tierra desconocida. A partir de este punto, las reglas conocidas no aplican y podemos encontrar monstruos.
Los cartógrafos sabían dónde terminaba su conocimiento. Lo marcaron. Y lo que no sabían, lo llenaron de miedo –exactamente lo que seguimos haciendo hoy en día. Los dragones se han movido. Ya no viven en los márgenes de los mapas. Viven en los países a los que nos han dicho que debemos temer, en las culturas que nos han enseñado a mirar con desconfianza, en los lugares que nuestro ciclo de noticias muestra desastres y nunca vuelve durante la reconstrucción. Hic Sunt Dracones está escrito en los mapas actuales, de forma real pero invisible.


Por qué el norte está arriba: la política de la perspectiva y cómo las proyecciones cartográficas distorsionan la realidad
Rara vez nos preguntamos por qué el norte está en la parte superior de nuestros mapas. Se siente evidente por sí mismo –casi gravitacional, como si el propio planeta lo ordenara. Pero no es así. El norte-arriba se convirtió en la convención dominante durante la era de la expansión marítima europea, cuando las civilizaciones que más cartografiaban estaban en el hemisferio norte y no veían razón para situarse en otro lugar que no fuera por encima.
El geógrafo árabe del siglo XII Al-Idrisi, que trabajaba para el rey normando Roger II de Sicilia, dibujó su mapa con el sur en la parte superior –porque esa era la convención en su tradición, y porque los lugares más importantes de su mundo estaban en el sur. Al ponerse boca abajo, resulta sorprendentemente familiar. Girado hacia arriba, parece que todo lo que creías saber se ha invertido. Que es precisamente el punto: arriba y abajo en un mapa no son geografía. Son política. Y llevamos tanto tiempo viviendo dentro de una sola elección política que parece naturaleza.
La proyección de 1569 de Gerardus Mercator, diseñada para la navegación naval, se convirtió en la imagen de facto del mundo durante siglos: colgada en aulas, incrustada en todos los modelos mentales de cómo es el planeta. Su defecto es que infla las masas terrestres cuanto más lejos están del ecuador. Groenlandia aparece aproximadamente del tamaño de África en un mapa de Mercator, aunque en realidad es catorce veces más pequeña. Europa parece una presencia sustancial en el centro de todo. En realidad, el continente africano es lo suficientemente grande como para contener simultáneamente a Estados Unidos, China, India y la mayor parte de Europa.
La proyección de Mercator no fue una conspiración, pero sus efectos sirvieron al poder con destreza. Las naciones colonizadoras del norte de Europa parecen grandes y significativas. Los territorios colonizados de los trópicos parecen pequeños, periféricos y subordinados. Un estudio mundial con más de 130.000 personas descubrió que la exposición regular a la proyección de Mercator distorsiona de forma medible la comprensión de las personas sobre el tamaño real de los países: el mapa ha reconfigurado la forma en que pensamos sobre la importancia relativa a través de generaciones.
Google Maps utiliza una proyección de Mercator modificada. El pequeño punto azul que te sitúa en el centro de la pantalla es, a su manera, el mapa más honesto jamás hecho: muestra exactamente lo que cada mapa siempre ha mostrado: el mundo tal y como se experimenta desde un punto de vista único, específico e irrepetible. Tú, como ombligo del universo, así como Eratóstenes colocó Rodas y los cartógrafos medievales pusieron Jerusalén y La Meca. La tecnología ha cambiado, pero la suposición no.
La proyección de Peters, desarrollada en 1974, intentó una corrección: sacrificar la precisión de la forma para representar las masas terrestres en su tamaño relativo real. Hizo que África fuera enorme, tal y como realmente es. Redujo Europa y Norteamérica a sus proporciones reales. Fue controvertido de una manera que lo dice todo: las personas que más se opusieron a un mapa preciso fueron las que más se beneficiaron de uno inexacto.



De dibujo a construcción: cuando el mapa se convierte en un plano
A veces la agenda no está oculta en absoluto, se integra directamente en la forma. En 1583, Michaël Eytzinger no cartografió los Países Bajos tal como eran, sino como quería que se vieran: en forma de un león rugiente: la ciudad de Groningen de nariz, Luxemburgo en su pata delantera, la costa a lo largo de su espalda. El Leo Belgicus, como se le conoció, fue cartografía como declaración política: era más importante mostrar la fuerza que ser preciso. Otros cartógrafos tomaron prestado el mismo truco: Rusia representada como un pulpo amenazante, Turquía como un pavo, Francia como un águila, China como un cerdo. El animal no fue elegido para describir el territorio, sino que para crear un argumento. Que es, por supuesto, lo que siempre ha hecho todo mapa.
Otros actos de invención cartográfica fueron más sutiles y mucho más trascendentales. Groenlandia no necesitaba estar dibujada en una forma específica para argumentar. Solo necesitaba un nombre que pudiera vender en lugar de describir. Erik el Rojo la bautizó deliberadamente como Grœnland (tierra verde), porque “la gente se sentiría atraída por ir allí si tiene un nombre favorable”. La isla estaba –y sigue estando– mayormente cubierta de hielo. Los historiadores han complicado recientemente la idea de un “engaño deliberado”, señalando que durante el Periodo Cálido medieval los fiordos del suroeste realmente sostuvieron vegetación y ganado, por lo que el nombre quizá fue más una exageración que una mentira descarada. Pero esa matización lo hace aún más interesante: incluso nuestra historia sobre el primer gran acto de marketing geográfico se ha simplificado en un mito con más color de lo que respaldan las pruebas.
Groenlandia se promocionó con palabras. Dubái lo llevó al siguiente nivel. Palm Island (Isla Palma) no es un nombre elegido para atraer colonos ni una proyección diseñada para halagar una potencia: es el territorio en sí, extraído del mar y moldeado para ser algo visible desde arriba. El territorio fue rediseñado para adaptarse al mapa de la ambición humana. El punto final lógico del pensamiento cartográfico: si el mapa es el argumento, construyamos el argumento en la propia tierra.


¿Qué Dios trazó la frontera? Cómo la religión redibujó el mapa
Los mapas trazan líneas sobre la tierra, mientras que la religión traza líneas entre las personas: quién pertenece a qué lado de la línea y quiénes somos en relación a ella.
Las fronteras que parecen más fijas, más antinaturales y menos obviamente geográficas suelen ser las que se trazan a lo largo de líneas de fe más que de topografía.
La partición de India y Pakistán en 1947 –una de las mayores migraciones forzadas de la historia humana, entre diez y veinte millones de personas desplazadas en meses– siguió una línea trazada por un abogado británico llamado Cyril Radcliffe, que nunca había visitado el subcontinente y terminó su trabajo en cinco semanas. La frontera que dibujó fue religiosa: zonas de mayoría musulmana a Pakistán, zonas de mayoría hindú y sij a India. Ríos, tierras de cultivo, familias, ciudades, todo dividido por un argumento teológico sobre quién pertenecía a cada lugar.
Irlanda es otro ejemplo del mismo modelo cartográfico. La partición de 1921 trazó una frontera a través de la isla según líneas de fe: la mayoría católica al sur, la mayoría protestante al norte, creando una división que ha definido un siglo de conflicto, desplazamiento y política identitaria. La frontera no siguió ríos ni montañas sino que asistencia a la iglesia. Familias de la misma calle se encontraron en diferentes países dependiendo del Dios al que rezaban y en qué idioma se celebraba el servicio.
Chipre sigue dividido hoy en día a lo largo de una línea que atraviesa la capital, Nicosia: cristianos ortodoxos griegos al sur, turcos musulmanes al norte, y una zona de amortiguamiento de la ONU entre ellos que existe desde 1974. Desde la línea divisoria puedes contemplar una ciudad que ha sido cortada por la fe. Las señales de las calles cambian de idioma a mitad de cuadra. Los minaretes y las cúpulas de la iglesia se enfrentan a lo largo de una franja de edificios abandonados.
Pero en ningún lugar esto está más visceralmente presente que en la antigua Yugoslavia. Bosnia y Herzegovina, Croacia y Serbia ocupan el mismo pequeño trozo de tierra, hablan lenguas mutuamente inteligible y comparten siglos de historia entrelazada. Lo que los separa, política y psicológicamente, es casi enteramente religioso: los bosnios son musulmanes, los croatas católicos, los serbios ortodoxos. La guerra de los años 90 fue descrita como un conflicto étnico, pero la etnicidad aquí es en gran medida un sustituto de la confesión. El nacionalismo que desgarró la región fue, en su raíz, una cartografía teológica –un mapa dibujado en asistencia a iglesias y mezquitas, en los santos a quienes rezan y en el alfabeto en el que escriben. He cruzado esas fronteras decenas de veces y la verdad es que el paisaje no cambia, solo cambia la vibra.
El norte de África ofrece una versión diferente de la misma distorsión. Egipto, Libia, Túnez, Marruecos, Argelia, Mauritania –países geográficamente e inequívocamente africanos– son rutinariamente categorizados en la imaginación occidental como parte de Medio Oriente. La razón no es una interpretación errada de la geografía sino que el lente de la religión. Las naciones de mayoría musulmana en el norte de África se encajan en una geografía islámica vagamente definida, separada del África subsahariana y de Europa al otro lado del Mediterráneo. El continente es dividido por la fe. Una marroquí es africana, pero en el mapa mental occidental, bien podría ser de Riad.
Todo el sistema político libanés se basa en una distribución formal del poder según líneas religiosas: el presidente debe ser cristiano maronita, el primer ministro musulmán suní, y el presidente del Parlamento musulmán chií. Este arreglo, llamado confesionalismo, fue diseñado en 1943 para reflejar el equilibrio demográfico de un censo que ya tiene casi un siglo de antigüedad y nunca se ha actualizado oficialmente. El país está literalmente gobernado por un mapa de pertenencia religiosa.
Pero el mapa más complejo es aquel en el que no podemos ponernos de acuerdo en absoluto. Los mapas israelíes y los mapas palestinos muestran cosas diferentes en la misma geografía: nombres distintos, fronteras diferentes, existencias diferentes. Los mapas no describen un territorio disputado, sino que argumentan sobre si existe un pueblo. Lo que nos lleva a hablar del elefante en cada habitación: el colonialismo.

El poder de nombrar es el poder de poseer: cómo el colonialismo renombró el mundo
Los lugares a los que les robaron el nombre
Hay una afirmación que probablemente hayas escuchado, normalmente expresada con la confianza de alguien que cree haber encontrado un as bajo la manga: no existe Palestina, porque no existe la letra P en árabe. Piénsalo por un momento.
El argumento es: si el árabe no tiene sonido P, el nombre “Palestina” debe ser una imposición extranjera, por lo tanto el lugar en sí es ilegítimo.
Dejando de lado que esta lógica también borraría Pakistán por la misma razón –un nombre acuñado por eruditos musulmanes en 1933, que los hablantes de árabe traducen como ‘Bakistán’– la afirmación es históricamente analfabeta. El nombre Filistin aparece en registros del Antiguo Egipto desde el siglo XII a.C. y en inscripciones asirias siglos antes de que el árabe existiera siquiera como lengua escrita. Los palestinos se llaman a sí mismos Filastiniyyun, de Filistin. El argumento de “no P” no es lingüística sino política vistiendo un disfraz gramatical –un intento de usar el lenguaje para borrar a un pueblo cuestionando su propio nombre. Es una de las ilustraciones más explícitas de un principio innegable: el poder de nombrar es el poder de definir la realidad. Y el poder de definir la realidad es, en última instancia, el poder de decidir quién existe.
El colonialismo lo entendió perfectamente. El cambiar nombres alrededor del mundo no fue incidental al proyecto colonial, fue un punto central.
Uluru –la vasta formación de arenisca sagrada para el pueblo Anangu del centro de Australia, que ha vivido a su alrededor durante al menos treinta mil años– fue renombrada Ayers Rock en 1873 por un topógrafo colonial en honor a un político de Australia del Sur. No se consultó a los Anangu. Su relación con la roca y todo el marco cosmológico construido alrededor de ella se consideró irrelevante. La roca fue catalogada y renombrada, como un ejemplar. Australia restauró oficialmente el nombre Uluru en 1993, aunque Ayers Rock siguió usándose varias décadas después.
La misma lógica se aplicó en las Américas. Denali, “el alto”, en la lengua athabasca de los pueblos indígenas que han vivido a su alrededor durante milenios, fue renombrado como Monte McKinley en 1917, en honor a un presidente que nunca había visitado Alaska y no tenía conexión con la montaña. Fue renombrado de nuevo como Denali en 2015, lo que provocó objeciones de políticos de Ohio que consideraban el nombre de McKinley un motivo de orgullo regional. Una montaña en Alaska, que lleva el nombre de una lengua que existía allí mucho antes de la llegada del inglés, se convirtió en una pelota política en un estado donde McKinley nunca puso un pie.
En toda Sudamérica, los nombres indígenas fueron reemplazados sistemáticamente por nombres españoles, parte de un proyecto más amplio de superposición lingüística y cultural. El proceso fue tan minucioso que a veces el lugar mismo quedó enterrado bajo el nuevo nombre. Tenochtitlán –la capital azteca, una de las ciudades más grandes del mundo en su apogeo, construida en una isla en un lago con canales y jardines flotantes– fue arrasada por conquistadores españoles en 1521 y reconstruida como Ciudad de México. Los nombres de los arquitectos aztecas que ayudaron a diseñar la nueva ciudad se perdieron en la historia. El lago fue drenado. La ciudad que lo reemplazó heredó la cuadrícula pero no la memoria.
Los cambios de nombre en la India postcolonial ofrecen el ejemplo más claro de un país que está intentando volver a sus raíces. Bombay –del portugués Bom Bahia, “buena bahía”, impuesto por los colonizadores que llegaron en el siglo XVI– fue restaurado a Mumbai en 1995, nombre que la población de habla maratí siempre había utilizado. Calcuta, una corrupción anglicanizada del Kalikata bengalí, se convirtió en Kolkata en 2001. Estos actos de repatriación no fueron simples ordenamientos administrativos, sino que un pueblo reclamando el derecho a llamar a su propia ciudad por su nombre real.
Rodesia se convirtió en Zimbabue. El Congo Belga pasó a llamarse Zaire, y después la República Democrática del Congo. Los puestos de base y fuertes nombrados en honor a administradores coloniales fueron renombrados en honor a héroes locales. No todos los nombres fueron recuperados, algunos se convirtieron en híbridos, negociados o posteriormente adoptados. Otros, como las cataratas y el lago Victoria, mantienen hasta hoy su nombre imperial.
Sin embargo, las fronteras trazadas en la Conferencia de Berlín de 1884 siguen siendo una de las heridas más duraderas del colonialismo, atravesando territorios étnicos y geografías culturales con la indiferencia limpia de una regla sobre el papel, pero los mapas fueron parcialmente redibujados: al menos algunos nombres en esas fronteras cambiaron.

Chocolate belga, café italiano y otras mentiras que nos cuentan en el supermercado
Los nombres fueron solo el comienzo. La apropiación se extendió más allá de la tierra, a lo que ella producía. Chocolate belga, café italiano, té de desayuno inglés (English breakfast). Tres cosas que probablemente consumes. Tres historias de origen que han sido discretamente reubicadas: desde las civilizaciones que las desarrollaron hasta las potencias coloniales que las trasladaron, escalaron y pusieron sus propios nombres en la etiqueta.
Probablemente sepas que el cacao viene de África. Lo que quizá no sabías es que no es así, no originalmente. El cacao es originario de Mesoamérica, cultivado por las civilizaciones olmeca, maya y azteca durante miles de años antes de la llegada de los europeos. Tras la colonización que aniquiló a las poblaciones indígenas de América mediante enfermedades y violencia, los españoles y portugueses trasplantaron cacao a África Occidental, donde las estructuras laborales coloniales –o dicho de forma más directa, la esclavitud– hicieron rentable la producción. La cosecha fue recolocada y el crédito se desplazó con ella. Hoy en día, Cotê d’Ivoire y Ghana producen la mayor parte del cacao mundial, pero es Bélgica quien tiene la reputación. La historia del chocolate es una historia de logística colonial cuyo origen ha sido borrado.
El café es etíope. La palabra proviene de Kaffa, la región suroeste de Etiopía donde coffea arabica crece de forma silvestre y ha sido consumido durante más de mil años. Atravesó Yemen, luego por rutas comerciales otomanas hasta cafeterías europeas, donde se convirtió en un símbolo la civilización durante la Ilustración. La planta es africana, y sin embargo la historia de la sofisticación es europea. La apropiación ocurrió de forma discreta, mediante el simple mecanismo de suficiente distancia entre el origen y el consumidor.
El té es chino. Se ha cultivado, refinado y consumido ceremonialmente en China durante milenios antes de que un europeo lo probara. La Compañía Británica de las Indias Orientales, al verse incómodamente dependiente del suministro chino y desangrando plata para pagarlo, envió a un botánico escocés llamado Robert Fortune a China en la década de 1840 con una misión específica: robar la planta, las semillas y el conocimiento. Fortune sacó de contrabando miles de plantas y semillas de té de China y estableció plantaciones en Darjeeling y Assam utilizando trabajadores chinos traídos para entrenar a la fuerza laboral local. En cuestión de décadas, India había superado a China como el principal productor mundial de té. Bebes English Breakfast, Darjeeling o Ceilán. Aunque la bebida sigue siendo china, el imperio Británico trasladó la planta, reemplazó la etiqueta de origen y se quedó con las ganancias.
Lo que conecta el cambio de nombre de una montaña con la recolocación del cacao es una única suposición subyacente: que las personas que originaron estas cosas –que las cultivaron, nombraron e incluso construyeron civilizaciones a su alrededor– son notas al pie de la historia, no sus autores. Es la suposición que aún trata la cosmología indígena como una bonita mitología en lugar de como lo que realmente es: decenas de miles de años de conocimiento acumulado. Movimos el chocolate. Cambiamos el nombre de la roca. En ambos casos, decidimos que los propietarios originales ya no tenían nada que enseñarnos. Obviamente nos equivocamos, pero nuestros mapas y etiquetas siguen contando una historia colonial, ya sea que los leamos de esa manera o no.


¿Al este de qué? Cómo las palabras que usamos moldean lo que pensamos
George Orwell entendió que si controlas el lenguaje, controlas el pensamiento. La neolengua, el lenguaje ficticio de 1984, funcionaba por eliminación: eliminar una palabra, borrar el concepto que ilustraba, hacer que ciertos pensamientos fueran literalmente impensables. No necesitas una distopía para que esto funcione. Sucede en las palabras que usamos cada día, tan habitualmente que hemos dejado de darnos cuenta de que fueron una elección.
Cómo los imperios nombraron el mundo: la geografía como invención política
Medio Oriente. ¿Al oriente de qué, exactamente? Al este de Londres, claro: el término fue acuñado por el estratega naval británico Alfred Thayer Mahan en 1902, cuando Gran Bretaña era el centro del mundo, o al menos creía serlo, en contraste con que China era vista como el Lejano Oriente. Los propios habitantes de la región han absorbido en gran medida el término –en árabe es al-sharq al-awsat, una traducción directa– pero allí la gente navega con nombres más antiguos y específicos: el Mashreq, el Khaleej, Al-Sham, el Levante. ‘Medio Oriente’ los aplana todos en una sola etiqueta definida por su distancia de otro lugar. Es una vista desde una ventana particular en un imperio concreto, y todos la hemos heredado como si fuera geografía y no perspectiva.
El marco intelectual más amplio de esto fue expuesto por Edward Said en su libro de 1978 Orientalismo, que sigue siendo uno de las lecturas más importantes sobre cómo el lenguaje construye la geografía. Said argumentaba que “el Oriente” nunca fue tanto un lugar como una invención europea: una otredad construida, definida por todo aquello que el Occidente no usaría para autodefinirse: irracional, exótico, sensual, necesitado de gobernanza. El Oriente describía una relación de poder, no a una región. El mapa siempre fue político, Said simplemente hizo visible la política.
Europa del Este es un invento de la Guerra Fría. La división del continente en Este y Oeste se mapeó, aproximadamente, en la Cortina de Hierro: naciones alineadas con la Unión Soviética al este, democracias occidentales al oeste. El Muro de Berlín cayó en 1989, pero el mapa mental ha demostrado ser considerablemente más duradero. Polonia –geográficamente central en la masa continental europea e históricamente una importante civilización europea– insiste, con justificada irritación, en ser llamada Europa Central. El término “Europa del Este” lleva consigo una connotación que no tiene nada que ver con la ubicación: más pobre, menos desarrollada, menos europea de alguna manera.
Los Balcanes también son un término selectivo. La península balcánica incluye Grecia, pero rara vez se describe Grecia como balcánica. En la imaginación occidental, los Balcanes son las repúblicas de la antigua Yugoslavia más Albania y quizá Bulgaria y Rumanía: una zona de complejidad y conflicto. Grecia, como cuna de la civilización occidental, ha sido silenciosamente exenta y trasladada hacia el oeste en el mapa mental. Croacia, ahora miembro de la Unión Europea, está experimentando la misma reclasificación: volviéndose más europea a medida que se hace más conocida, más como “nosotros”. Bosnia y Herzegovina, aún fuera de la UE y con una gran población musulmana, sigue siendo firmemente balcánica en la imaginación occidental. La península no se ha movido. La categorización obviamente es política, no geográfica.
“Mundo en desarrollo”, “tercer mundo”, “nación subdesarrollada” –cada uno de estos términos codifica una teoría de progreso, un camino lineal con las naciones occidentales adineradas en un extremo y el resto en distintas etapas de alcanzarlas. La palabra “primitivo”, usada libremente en la etnografía colonial, defendía el mismo argumento de forma más directa. Cuando Colón “descubrió” América, el lenguaje borró la presencia de las decenas de millones de personas que ya vivían allí –el descubrimiento implica un espacio vacío esperando ser encontrado. “Exótico” hace un trabajo más silencioso en la misma dirección: marca aquello que se describe como fundamentalmente otro, ajeno, disponible para el consumo por la persona que lo describe.

Viajero vs Turista, Expat vs Inmigrante: la jerarquía que implicamos con nuestras palabras
En lo que respecta al lenguaje, existe una división que se manifiesta constantemente a aquellos que viajan: el turista versus el viajero. La distinción es tan generalizada que se ha convertido en un cliché. Se dice que el viajero es culturalmente curioso, abierto, aventurero e inmersivo. El turista, en cambio, es visto como un paquete de vacaciones todo incluido, que fotografía desde el bus. El viajero entiende. El turista colecciona sellos de pasaporte. El viajero es, implícitamente, “nosotros”. El turista es “ellos”.
Pico Iyer lo zanjó con claridad: la verdadera distinción, argumentó, no radica entre turista y viajero, sino entre quienes dejan sus suposiciones en casa y quienes no. El que se queja de que nada es como en casa, y el que se queja de que todo es igual: ambos viajan dentro de sus propias cabezas, midiendo el mundo con un modelo preconcebido y encontrándolo deficiente. La etiqueta que elegimos dice más sobre cómo queremos vernos que sobre la forma en que viajamos.
“Expat” e “inmigrante” trazan la misma línea de forma más clara. Un banquero británico en Dubái es un expat. Una enfermera filipina en Estados Unidos es inmigrante. Ambos son personas que se han mudado de su país de nacimiento para trabajar en otro país. La diferencia en cómo los llamamos es racial y económica, no profesional ni demográfica: expat tiene una connotación de elección, de estancia temporal y privilegio retenido, mientras que inmigrante tiene una connotación de permanencia, de necesidad y transformación. El lenguaje está creando una diferencia, no describiéndola.
Las palabras que usamos no son neutrales. Nunca lo han sido. Cada término lleva las huellas de la persona que lo acuñó y la estructura de poder que servía. Saber esto no significa que podamos salir del lenguaje y entrar en una relación pura con el mundo. Significa que debemos viajar por el lenguaje como viajamos por ciudades extranjeras: con curiosidad sobre lo que realmente estamos viendo y con escepticismo sobre quién dibujó el mapa.


El sesgo de confirmación tiene pasaporte: cómo nuestro propio lente lo distorsiona todo
Existe un principio en neurociencia llamado atención selectiva: el proceso natural del cerebro de filtrar y priorizar la información basándose en lo que ya cree que es relevante. Nuestros cerebros reciben aproximadamente once millones de bits de información por segundo a través de nuestros sentidos, pero procesan conscientemente alrededor de cincuenta. La selección no es aleatoria, está guiada por expectativas, experiencia y creencias previas. Vemos lo que buscamos. Todo lo demás es ruido.
Este mecanismo de ahorro energético no es un defecto de carácter, es lo que ha mantenido vivos a los humanos durante cientos de miles de años. No necesitamos registrar conscientemente cada hoja de cada árbol, necesitamos notar lo que se mueve en la maleza. El problema surge cuando el mecanismo diseñado para filtrar un bosque se aplica a una cultura, un país, un pueblo. Cuando llegamos a un lugar con un modelo previo de lo que encontraremos, tendemos a encontrarlo, porque el cerebro está filtrando activamente la confirmación y descartando la contradicción.
El ciclo de noticias es uno de los mecanismos más poderosos a través del cual la atención selectiva opera a gran escala. Irán tras la revolución de 1979. Haití tras el terremoto de 2010. Irak tras la invasión de 2003. Las cámaras llegaron, crearon una imagen y se marcharon –y la reconstrucción, la resiliencia, la vida cotidiana que continúa no recibe cobertura porque no es dramática. El lugar está congelado en su peor momento en la imaginación colectiva, y los viajeros llegan con esa imagen congelada como mapa.
He caminado por ciudades cuyos nombres, en el ciclo de noticias, son sinónimos de peligro –y he encontrado vida cotidiana: mercados, colegios, gente discutiendo por un estacionamiento. He sido recibida con los brazos abiertos en países descritos como hostiles y me han hecho sentir incómoda en países considerados seguros. La brecha entre el mapa que llevamos y el territorio real solo puede cerrarse visitándolo y experimentándolo nosotros mismos.
El remedio es ser conscientemente más consciente. La primera herramienta real es saber que tu cerebro está filtrando –que neurológicamente tienes una inclinación a ver el mundo como ya lo entiendes. La segunda es la práctica deliberada de buscar lo que contradice tus expectativas. No es para recopilar diferencias exóticas, que son una especie de sesgo de confirmación en sí mismas, sino porque los lugares donde tu modelo falla son aquellos donde realmente estás aprendiendo, o mejor aún, desaprendiendo.

Desaprendiendo el mapa: cómo superar nuestros prejuicios como viajeros
Cuando la realidad no coincide con el mapa
Llegué a Beirut con una imagen que no había examinado hasta que no se materializó.
No sé exactamente de dónde vino esa imagen: impresiones acumuladas de cine, periodismo, relatos de otros viajeros, el peso general que la palabra “Beirut” tiene en la imaginación occidental. Lo que esperaba, sin saber del todo que lo esperaba, era algo parecido a otras ciudades de Medio Oriente que había visitado: callejones estrechos, llamadas a la oración, el olor particular a cardamomo y diésel, un paisaje urbano donde el entorno construido anuncia claramente su geografía. Lo que encontré fue una ciudad mediterránea con arquitectura colonial francesa, discotecas, una cultura cafetera floreciente, menús en inglés y ese tipo de ‘cool’ consciente que desarrollan las ciudades cuando intentan atraer a un tipo particular de visitante. El tráfico caótico estaba. La mezcla de minaretes y campanarios de iglesias estaba. Pero la textura que había imaginado –que no tenía derecho a imaginar– no estaba.
Me sentí, brevemente, decepcionada. E inmediatamente me sentí avergonzada por la decepción. ¿Quién soy yo para querer que Beirut fuera más legiblemente de Medio Oriente? La ciudad ha sobrevivido a una guerra civil, bombardeos israelíes, una explosión catastrófica en el puerto, un colapso económico y la continua disfunción política de un sistema confesional diseñado para otro siglo. Que también haya producido excelentes restaurantes y una escena artística vibrante no es una traición a una auténtica esencia de Beirut que yo esperaba encontrar. Era simplemente lo que hacen las ciudades cuando sobreviven.
Años antes, había tenido una sensación similar al llegar a Sofía: una sensación de que Bulgaria no era lo suficientemente balcánica, no era exactamente lo que había esperado a encontrar. Me costó un tiempo entender que lo que estaba haciendo, en ambas ciudades, era lamentar la brecha entre el mapa y el territorio. El mapa en mi cabeza estaba equivocado. Al territorio no le importaban mis expectativas.
La homogeneización cultural es real, y no es neutral. Que todos los lugares empiecen a parecerse es, en parte, consecuencia natural de la escala mundial del comercio, la comunicación y los viajes y, en parte, consecuencia de una exportación específica: la lógica estética y comercial de la cultura de consumo occidental. El Starbucks de Beirut, el de Bangkok y el de Varsovia no son accidentes. Son la expresión física de una idea particular sobre cómo es la modernidad, y expulsan alternativas locales no solo comercialmente sino también imaginativamente: dicen a la gente que vive allí lo que se supone que debe contener una ciudad moderna.
Pero la homogeneización tampoco es toda la historia. La cuestión no es si detenerla: no se puede, y el intento de congelar culturas en sus formas pre-turísticas y pre-globalización es también una forma de violencia, negando a las personas en otros lugares el desarrollo y las opciones que tiene el viajero en el lugar del que vino. La cuestión es si las culturas locales tienen la capacidad de actuar y los recursos para evolucionar en sus propios términos en lugar de ser aplastadas por presiones externas.
Oaxaca y Bali son ejemplos interesantes. Ambos lugares han sido transformados por el turismo y la llegada de nómadas digitales y residentes extranjeros: los precios de las viviendas han aumentado más de lo que los locales pueden permitirse, los barrios se han gentrificado hacia fondos para fotos de Instagram, y la lógica económica del lugar se ha reorganizado en torno a servir a los visitantes en lugar de a los residentes. Esto es un daño real. Pero también es cierto que el turismo ha traído oportunidades económicas e infraestructura, y que en ambos lugares la identidad cultural local ha demostrado ser más resistente de lo que sugiere la narrativa de homogeneización. La comida, las tradiciones textiles y las lenguas indígenas de Oaxaca no solo han sobrevivido, sino que han encontrado nuevos públicos. Las tradiciones religiosas y artísticas balinesas están tan profundamente arraigadas que persisten junto a la economía de las villas. Las culturas están cambiando, como todas las culturas. Pero el cambio puede ser impulsado desde dentro o impuesto desde fuera.
El contraejemplo más útil a la lógica de la homogeneización es un país. Bután mide constitucionalmente la Felicidad Nacional Bruta junto al PIB, consagrando explícitamente la preservación cultural y la sostenibilidad ecológica como prioridades nacionales. Eligió, deliberadamente, definir el progreso en sus propios términos en lugar de importar una definición externa. El modelo no es perfecto –Bután tiene un complicado historial sobre derechos humanos– pero está sentando un precedente: una cultura puede relacionarse con el mundo moderno sin ser consumida por él. El desarrollo y la singularidad no son mutuamente excluyentes. La elección de cuál y cómo priorizar pertenece a las personas que viven allí, no al viajero que solo pasa.

La diferencia entre una ventana y un escenario: cómo debiese ser un encuentro genuino
La diferencia entre una tradición que sobrevive al turismo y una que es consumida por él suele depender de si el encuentro es genuino o actuado. Esto lo entendí con claridad en el lago Titicaca, en Perú.
En las islas flotantes Uro, el pueblo Uru monta un espectáculo. Varias veces al día llegan barcos y ocurre la misma demostración: se explican las islas, se exhiben artesanías y se solicitan donaciones. Se puede ver en los rostros de quienes lo hacen: el agotamiento de alguien que ha contado la misma historia de un guion más veces de las que puede recordar. Las islas son realmente extraordinarias: hechas a mano con juncos de totora, indudablemente únicas. Sin embargo, la vida que una vez se vivió en ellas ha sido en gran medida reemplazada por una actuación de esa vida. Es turismo mal hecho: optimizado para el volumen y vacío de significado.
La isla de Amantaní, a un par de horas de distancia, tomó una decisión diferente. Los isleños decidieron que no se transformarían para permitir que el turismo prosperara en el sentido convencional. En su lugar, las familias que querían participar convirtieron una habitación vacía en alojamiento. El gobierno estableció un sistema de rotación para que los visitantes se distribuyan entre las aldeas, dando a las comunidades tiempo para prepararse y recuperarse. Duermes en casa de una familia, comes lo que ellos comen, recorres la isla a tu propio ritmo y asistes a una peña –una fiesta local con música en vivo, donde todos visten con la ropa tradicional de la comunidad. Es una puerta entreabierta, no un espectáculo. Te permite vislumbrar algo real, en los términos que estableció la comunidad, e irte con un entendimiento que no podrías haber conseguido de otra manera.
Esa distinción –entre abrir una puerta y presentar un espectáculo para desconocidos– es el marco más útil que he encontrado para pensar en qué tipo de viajera quiero ser.
De la conciencia a la acción: cómo viajar más allá del mapa que te han dado
La conciencia es el primer paso, pero debe cambiar la forma en que nos movemos por un lugar. ¿Entonces, cómo empiezas a viajar más allá del mapa que te dieron? ¿Cómo se pone en práctica?
Visita los lugares contra los que te advierten las noticias. No para sentirte intrépido, sino con la comprensión de que el ciclo informativo nunca ha sido una guía fiable, y que tus suposiciones sobre el peligro son un mapa dibujado por la agenda de otra persona. La brecha entre la cobertura y la realidad es casi siempre lo más interesante que encontrarás.
Los mejores ejemplos que puedo darte de esto son Irán y Siria, lugares contra los que la mayoría me advirtió, y que acabaron siendo de las mejores experiencias de viaje que he tenido.
Revisa el mapa que estás usando^. Antes incluso de llegar a algún sitio, presta atención a tu mapa mental. ¿Qué crees que ya sabes de ese lugar? ¿De dónde viene ese conocimiento? ¿Titulares de noticias, películas, guías, otros viajeros? No necesitas desecharlo. Pero debes recordar que es una historia, no un hecho. Cuando llegues, también presta atención a lo que no te están mostrando. Los barrios no mencionados en las guías. Las historias que no se incluyen en los city tours. Las personas que no están representadas en la versión del lugar que te están vendiendo. La ausencia también es información. Y a veces más reveladora que lo que se ve.
Los monumentos de El Cairo son extraordinarios, pero adentrarme en la Ciudad de la Basura y la Ciudad de los Muertos me enseñó más sobre Egipto que cualquier atracción turística marcada en un mapa.
Haz mejores preguntas. En lugar de limitarte a observar, haz preguntas que no asuman la respuesta. No solo “¿por qué este sitio es así?” sino ”¿cómo se ha convertido este lugar en lo que es?”. La calidad de tus preguntas determina la calidad del mapa que construyes. Resiste la tentación de resumir un lugar cuando te vayas. “Es caótico”, “es pacífico”, “es peligroso”, “es auténtico”. Estos son simplemente mapas nuevos que estás dibujando para otra persona: fáciles de compartir pero tan engañosos como los que trajiste al llegar.
Aprendí esto de forma vívida en Tanzania, en un momento que transformó mi forma de pensar sobre el feminismo y los viajes, cuando una pregunta que le hice a una matriarca masái no fue recibida como esperaba –y me obligó a enfrentarme a cuánto de mi curiosidad se basaba en suposiciones sin un contexto intercultural.
Quédate más tiempo de lo que pensabas, el tiempo suficiente para que tu primera impresión resulte incómoda. La primera versión de un lugar que visitas suele ser la que confirma lo que esperabas. La segunda versión –la que lo contradice– toma tiempo. Luego interroga tu propio papel. Pregúntate no solo sobre el lugar, sino qué le hace tu presencia. Ya sea reforzando la versión del lugar que es más fácil de vender, o interactuando con la que existe más allá de ti.
He visto esto con claridad en el mundo del voluntariado en el extranjero, especialmente en torno al volunturismo en África, donde algo que se siente indudablemente bueno en la superficie puede, con un poco más de tiempo y contexto, revelar una realidad mucho más complicada e incluso oscura.
Busca lugares donde la cultura sigue hablando con su propia voz. A veces esa voz es reconocida formalmente como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Más a menudo, es menos evidente. No son casillas que chequear, sino expresiones vivas de lo que una comunidad ha decidido que merece la pena preservar. Lugares donde es más probable que encuentres tradiciones que no han sido envasadas para exportación: música local, preparación de comida, técnicas artesanales, festivales, tradiciones orales. Come la comida que no esta en el menú turístico. Compra a artesanos. Muévete por el lugar como lo hacen las personas que viven allí. Ve al mercado que sirve al barrio, no al que está hecho para los visitantes. Estos son los lugares donde el mapa empieza a desarticularse, y algo más complejo empieza a ocupar su lugar.
Lo sentí especialmente entre las imperecederas estatuas de Lenin de Transnistria, presenciando costumbres andinas en Bolivia, navegando la tensión entre las tradiciones indígenas y los esfuerzos de conservación en Tanzania y compartiendo té de menta en Jemaa el-Fnaa en Marrakech –momentos en los que la cultura del lugar habla por sí misma, sin traducción.
La parte más difícil de actuar es desaprender: es más lento y menos cómodo que aprender porque requiere que evalúes si el mapa que has estado usando está equivocado. Equivocado sobre qué países importan. Equivocado sobre qué culturas tienen algo que enseñar. Equivocado sobre qué es el progreso y quién lo define, y sobre si el lugar que acabas de dejar es mejor o peor porque estuviste allí.
Viajar no abate automáticamente esas suposiciones. Mucha gente da la vuelta al mundo y vuelve a casa con todas sus creencias previas confirmadas. Pero crea las condiciones –si lo permites, si resistes la atracción hacia lo familiar y lo confirmatorio– para que el mapa sea revisado. Y un mapa revisado, más ligero que el anterior, es quizás lo más útil que puedes llevarte a casa. No un souvenir. Una corrección.


Lecturas adicionales sobre mapas, poder, colonialismo y percepción
Si este ensayo te ha hecho querer profundizar en el fascinante mundo de los mapas, estos son los libros que lo moldearon:
Sobre los mapas:
- En el mapa de Simon Garfield. Fácil de leer y lleno del tipo de detalle que hace que te replantees cómo entiendes cada mapa que has visto.
- Cómo mienten los mapas de Mark Monmonier. Explica exactamente cómo mentir a través de la cartografía, de forma metódica y con humor negro.
- Prisioneros de la geografía de Tim Marshall. Cómo la geografía física ha determinado la historia política, para cualquiera que quiera que la geopolítica se haga visceral.
- A History of the World in 12 Maps (solo en inglés) de Jerry Brotton. Desde la antigua Grecia hasta Google Earth, este libro explora cómo 12 mapas cambiaron la percepción del mundo cuando se crearon.
Sobre el lenguaje y el poder:
- Orientalismo de Edward Said. El texto fundamental sobre cómo el lenguaje occidental construyó el Este como su opuesto. Denso pero esencial.
- 1984 de George Orwell. Ficción, pero el apéndice de la neolengua por sí solo merece la pena para el argumento del ensayo sobre el lenguaje y el control del pensamiento.
- Through the Language Glass (en inglés) de Guy Deutscher. Una exploración más accesible de cómo el lenguaje moldea la percepción: ¿cambia el idioma que hablas la forma en que piensas?
Sobre el colonialismo y los nombres:
- Descolonizar la mente: La política lingüística de la literatura africana por Ngũgĩ wa Thiong’o. Un escritor keniano sobre el borrado colonial de las lenguas y culturas africanas, escrito con furia contenida. Su libro póstumo (solo en inglés) Decolonizing Language and Other Revolutionary Ideas también es una excelente fuente.
- Cobalto rojo de Siddharth Kara. Extracción colonial contemporánea: los minerales en tu teléfono, de dónde vienen, quién paga.
Sobre viajes y sesgos:
- El arte de viajar de Alain de Botton. Filosófico, a veces autoindulgente, pero útil para explicar por qué viajamos y qué esperamos encontrar.
- Ni aquí ni allá de Bill Bryson. Un contrapunto más ligero: qué ocurre cuando aún un observador atento no puede escapar de sus propias suposiciones.
Otros ensayos sobre geopolítica y viajes de Experiencing the Globe:
- La Geopolítica del Turismo: más allá de la imagen creada por los medios
- ¿Tu lugar de origen determina quién eres? Una reflexión sobre turismo, migración y globalización
- Turismo feminista: más allá del empoderamiento –y por qué aún lo estamos haciendo mal
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